Se alza el telón
Malkah Rabell
Todos los días de Estela Leñero
No sé si podemos considerarlo como teatro ya maduro. La obra de la joven dramaturga Estela Leñero se antoja más bien un breve ensayo para escribir un futuro drama y que yuxtapone tres cortos episodios que nada tienen que ver uno con el otro, y sólo los une una idea común, una idea que vagamente les sirve de hilo conductor: todos los días suceden las mismas cosas, y ciertas personas repiten los mismos mecánicos gestos no unicamente cada día sino a cada momento, durante vidas enteras.
El primer recuerdo que despierta en nosotros la pieza es el de Charles Chaplin con su Tiempos Modernos, donde Carlitos, el director y el actor, lanza una luz cruda sobre la mecanización del hombre contemporáneo, y sobre todo sobre el obrero industrial. Estela Leñero recurrió a unas imagenes de la industria femenina como la culinaria. Primero nos presenta a una ama de casa que a diario repite las mismas tareas domesticas: ir al mercado, cocinar, limpiar la casa y tener hijos. Aunque en realidad tener hijos y educarlos puede ser de una apasionante transformación cotidiana, la más bella tarea en la vida de un ser humano. El segundo episodio fue el más flojo y el más aburrido: un enfermero, o cualquier otro acompañante, lleva a un joven invalido en su silla de ruedas a un espectáculo e inicia un pleito con la acomodadora que el inválido inutilmente trata de calmar.
El tercer episodio es, a decir verdad, el único importante y puede ser considerado ya como teatro maduro, aunque casi no emplea la palabra. Aqui la idea es excelente y está llevada acabo con buenos medios: en el escenario nos muestran una industria de paneles colocados sobre una plataforma móvil mientras dos obreras van echándole azúcar y chocolate. Una y otra, y otra vez el mismo gesto. Mas tarde una tercera mano femenina les colocara una cereza a cada uno de los panes dulces. Y vuelve el mismo movimiento ahora de las tres trabajadoras. Un gesto muy sugestivo que hasta embrutece al espectador quien permanece con los ojos fijos en esas manos que a su vez se transforman en máquinas.
Pero lo más extraño en ese tercer episodio es la tragedia final que interviene por una pequeñez, o que a muchas personas parece tal. ¿Han pensado Uds. alguna vez en las necesidades más humanas que pueden presentarse a una telefonista que está sentada frente a un teléfono colectivo, o a un trabajador de la industria automovilística, que no pueden abandonar sus puestos mientras sus cuerpos gritan de dolor y se rebelan. Este humilde hecho, que puede suceder a cualquier obrero mecanizado le sirve a la dramaturga de insólito final.
Este tercer episodio nos hace pensar en otra influencia que la chaplinesca, que recibe Estela Leñero. Es la de su padre, el conocido escritor y dramaturgo Vicente Leñero, en especial de su obra La visita del ángel, donde un acto entero se halla dedicado a una actuación muda, mientras una intérprete, sola en el escenario transformado en una cocina, se dedica a preparar la comida del día.
La dirección de Alberto Lomnitz es bastante pobre. Su escena con el inválido, donde interviene como actor, es probablemente la más floja del conjunto. También el episodio de la ama de casa que se ha perdido en el foyer de un teatro mientras volvía del mercado, y que se pone a relatar a las personas reunidas en dicho lugar (desde luego los espectadores) sus desgracias familiares, es casi tan monótono como la vida de una ama de casa.
Del reparto son sobre todo Guadalupe Cázares, María Gelia Crespo y Eugenia Leñero que más llaman la atención y prometen, aunque sus papeles sean muy reducidos y cuenten con poca parte oral... La escenografía de Ana García casi no existe fuera de la maquinaria de la pastelería, que resulta sugestiva. En cuanto a Lilian Lara, como la acomodadora, es un caso gracioso. Resultó tan natural cuando nos aseguró que el espectáculo tolavía no puede iniciarse cuando ya había pasado la hora anunciada, que me puse furiosa.
A esta representación ofrecida en la sala del CREA, donde durante ocho años se presentó El extensionista sólo podemos desearles que tuvieran la misma suerte.