Se alza el telón
Malkah Rabell
Querido Diego, te abraza Quiela espectáculo universitario
Elena Poniatowska escribió -ya hace un tiempo bastante largo- un libro delicioso: Querido Diego, te abraza Quiela. Se trata de un conjunto de cartas -¿auténticas? no lo sé- que la pintora Angelina Beloff intercambió con su esposo Diego Rivera a quien conoció en París y con el cual estuvo casada desde 1911 hasta 1921, cuando se separaron, aunque nunca se divorciaron oficialmente. Fecha cuando Rivera volvió a México definitivamente, y donde no tardó en olvidarse de la joven rusa que dejó allende el mar con el cadáver de su hijo, Dieguito, de un año en los brazos, y con la cual fue unido durante una década. Se diría que Diego Rivera, a pesar de sus multiples aventuras amorosas con las mujeres más diversas, era un ser fundamentalmente fiel a la misma imagen. Todos sus matrimonios resultaban de larga duración. Su unión con Lupe Marín, cuando volvió de París, y más tarde con Frida Kahlo lo prueban.
Libro delicioso, para mi gusto. Tal vez uno de los más logrados de Elena Poniatowska. En cambio se me hace completamente ajeno a las necesidades intrínseca del teatro, con su falta completa de argumento, de acción y de personajes. Tal vez sería mucho más interesante llevarlo a la pantalla. La adaptación a la escena la emprendió con valentía Víctor Hugo Rascón, enfrentando tantas dificultades y hasta imposibles que tal tarea representa. Y el espectáculo que actualmente se ofrece en la reducida salita Santa Catarina de Poniatowska-Rascón me dejó tan perpleja que admito ignorar yo misma si me gusta o lo rechazo.
En medio de una escenografía más que humilde en todos los sentidos, tanto artística como psicológicamente, debida a José Luis Aguilar, evaluan durante una hora dos fantasmas femeninos. Una escenografía que nada tiene que ver ni con el lugar -París de la bohemia, ni con la época- los años 20, ni con la idiosincracia de los personajes. Es la época cuando Diego ya desapareció de la vida de Angelina Beloff, Quiela para los familiares y los amigos. Esta se halla sola, luchando con la depresión y la ausencia. Y también contra la miseria. Diego de tanto en tanto manda un sobre con unos billetes adentro, pero sin carta alguna. ¿Qué hubiese dado Quiela para que fuera al revés?: una carta de amor sin ayuda económica. No se trata de un monólogo, porque Angelina tiene a un interlocutor, a su portera, un personaje muy popular en la vida parisiense, que conoce las intimidades de cada uno de sus inquilinos. Tal personaje de Madame la concierge parece haber encontrado en Fuensanta Zertuche a la más falsa y fallida de las intérpretes, tanto desde el punto de vista físico como de actuación. Se trata de una actriz demasiado sofisticada para interpretar a un personaje tan de carne y hueso como una portera, aunque fuera en París.
En cuanto a Quiela, la interpreta una joven actriz Vera Larrosa, que por lo general tiene mucha aceptación de parte de los directores y de la crítica. Creo que mucho menos de parte del público. A mí nunca me pudo convencer. En realidad en el papel de Angelina es menos desagradable que en muchos otros, aunque tenga una dicción a menudo poco clara. Hasta es bella y mucho menos delgada que en las épocas cuando parecía una araña. No sabría decir si el director, Arturo Sastre Blanco no supo elegir a sus dos intérpretes, Vera Larrosa y Fuensanta Zertuche, o simplemente tuvo que trabajar con el material que encontró a mano. En la actualidad hay tal cantidad de espectáculos en la capital, y hasta en la provincia, que a menudo faltan actores. Si el texto no llega hasta el público, no se puede hacer de ello un reproche al director, Arturo Sastre Blanco, es más bien responsabilidad del adaptador. ¿Pero resulta acaso posible realizar con este texto tan bellamenté literario y tan poco escénico, algo más de lo que hizo Rascón Banda? Para darle mayor riqueza se necesitaba la presencia en escena de Diego Rivera, el auténtico núcleo de la representación, en lugar de Madame la concierge. En realidad si no fuera por el conocimiento -ya lejano- del libro, muchas cosas se me hubieran escapado... Y por mucho que busque en mi memoria no puedo encontrar ni entusiasmo, ese entusiasmo que nos llena de alegría, ni tampoco un claro rechazo. Lamentablemente encuentro sólo la indiferencia.