Se alza el telón
Malkah Rabell
Otra vez Alfonso Paso: Los derechos de la mujer
Hace ya muchos años que el comediógrafo español Alfonso Paso sirve de paño de lágrimas para los actores profesionales hispanohablantes. Cualquier compañía comercial al verse desprovista de repertorio recurre a ese moralizador de la clase media, quien en su tono cómico esconde no poca amargura. Para la clase media española, Paso es un audaz. Para el mexicano de la misma clase, las moralizaciones de Paso llegan casi siempre atrasadas, cuanto otros autores ya han ido mucho más lejos en el análisis de la vida social y moral. La dictadura impuesta durante tantos años en España, mantuvo al público en la mediocridad. Podemos verlo con mayor claridad en la comedia: Los derechos de la mujer que actualmente se representa en el teatro San Rafael. No sé en qué año fue escrita. En México es una reposición que en el D.F. hemos visto ya hace más o menos una década. Y ya entonces se nos hizo envejecido el problema de la mujer que ostenta un diploma de licenciada en leyes y se siente por ello un ser superior. En México ya hace diez años las profesionales abundaban. Abogadas, médicas, biólogas y hasta diputadas y gobernadoras, se nos hace lo más natural encontrarlas en todos los campos de las actividades humanas, y a nadie se le ocurre considerarlas como fenómenos. Muchas son casadas y tienen hijos. Indudablemente la vida de una profesional, así como de una obrera, es infinitamente más difícil que la de una mujer sólo dedicada a su hogar, lo que tampoco es fácil. La mujer que trabaja en un oficio y además es madre de familia y responsable de su hogar es doblemente agobiada por sus tareas. Y sin embargo infinidad de mujeres mexicanas enfrentan tales problemas y los vencen.
Y he aquí que en su comedia Los derechos de la mujer, Alfonso Paso deja de ser el moralizador, el educador audaz y radical de una clase social, para adquirir todos los rasgos de un defensor de los "derechos del macho" español, no muy diferente de un buen "macho" mexicano. La abogada María José se siente y actúa como un ser superior. Sus actitudes y sus discursos de orgullo y desprecio para los hombres termina por hacerla odiosa, se casa no por amor sino para demostrar que es mujer y no un "marimacho". Y el autor trata de imponer igual imagen de todas las mujeres que se empeñan en abandonar sus tareas domésticas y sus sacrosantos deberes de ama de casa. Todo ello se presta a una continua risa. Y las carcajadas redoblan cuando el marido, para vengarse, finge ser homosexual y se niega a cumplir sus deberes de recién casado.
En el teatro mexicano se da el caso que en los últimos tiempos se ven en el escenario constantemente rostros nuevos, figuras recién surgidas del anonimato. Yo voy al teatro de tres a cuatro veces por semana. Y no obstante siempre me siento extrañada por tantas caras desconocidas. No sólo los grupos independientes nuevos abundan. También los profesionales todavía desconocidos surgen cada día en mayor abundancia. Se puede decir que nace una nueva generación de actores. En esa reposición de Los derechos de la mujer, en el papel de la abogada se presenta Angélica Aragón, que veo por primera vez, joven, bonita y parece actriz ya con tablas. Es un papel antipático, y el público prefiere al marido, que interpreta Juan Ferrara, quien pese a su juventud ya tiene bastantes años en la farándula. Es un actor con simpatía y madurez artística. Tanto Rafael Banquels como Alejandro Ciangherotti despiertan largos aplausos. No sabemos muy ,bien si de parte de sus amigos o de un público que los ama. Lourdes Deschamps me resulta igualmente desconocida, pero en su interpretación de Ángela, la prostituta, tiene linda presencia y ya es más que una promesa. Rafael Banquels dirige el espectáculo con la agilidad de un viejo lobo de mar (lobo de escena), aunque a decir verdad no creo que todo ese grupo de actores necesite mucho directivo. Todas parecen personas con mucho oficio. Lo que nos extrañó es que Banquels introdujo en el reparto a uno de sus hijos, un muchacho con muchos kilos y pocas tablas que ninguna falta hacía en la obra. La funcional escenografía se debe a David Antón, quien crea en el foro diversas áreas de actuación.
En resumen, un espectáculo que divierte, hace reír a carcajadas y como todas las obras de Alfonso Paso, convence a un determinado público que ha escuchado profundas verdades.