Resaltar búsqueda

 

 

Se alza el telón

Malkah Rabell

El marido perfecto en el Teatro Helénico

Después de asistir a una representación de El marido perfecto en el teatro Helénico, llegamos a la convicción de que los maridos excesivamente fieles no son los cónyuges soñados que algunas mujeres pretenden pero que numerosas esposas desprecian. Probablemente, en la mayoría de los seres humanos yace un desconocido masoquista, y el esposo donjuanesco tiene para numerosas esposas una misteriosa atracción, y hasta provoca en ellas un incomprensible orgullo. Sobre todo en nuestro querido México donde hasta los hombres más importantes y prominentes de la política, económica y del arte tienen su "casa chica". A decir verdad admito humildemente que no tengo la menor idea quién es Adrián Ortega, el autor de esa comedia que ya va a llegar a las mil 100 funciones. ¿Será un comediógrafo mexicano, español, argentino, o de algún otro país latinoamericano? Tampoco llego a comprender por qué esa comedia tiene tanto éxito y por qué provoca tantas carcajadas. Sobre todo por qué divierte tanto el primer acto que resulta bastante monótono y repetitivo. Parece más bien un prólogo donde se explica por qué una pareja ya madura, después de 25 años de casamiento trata de pasar su aniversario, su boda de plata, en un hotel que hace mucho cambió de dueño y de costumbres. Es cierto que el segundo acto es infinitamente más divertido y de buena calidad, y para quienes nos hemos aburrido durante la primera hora, nos despertamos de un ligero sueño a la segunda y hasta empezamos a reírnos.

Sin embargo, nos preguntamos extrañados: ¿por qué las mujeres, indudablemente casadas, se reían tanto al enterarse de que la insoportable esposa -que contaba con un inmerecido marido perfecto quien a sus espaldas se burlaba de ella y casi la odiaba-. tenía la frente tan adornada como cualquiera de ellas? Y en general no lográbamos explicarnos por qué tanta diversión, tanto éxito que lleva a las mil 200 representaciones ya en el segundo teatro, cuando ni la calidad de la comedia lo explica, ni la interpretación o la dirección lo admite. Especial el primer acto parecía mal actuado. Todos los actores, sobre todo los secundarios, y hasta las dos estrellas, Guillermo Orea y Silvia Derbez, hablaban con una rapidez como si tuvieran que tomar el último tren, lo que hacia incomprensible gran parte de los parlamentos. Y los parlamentos mismos resultaban poco cómicos y poco interesantes.

Bajo la dirección de Guillermo Orea, la representación no contaba con muchas perfecciones. No se puede decir que Guillermo Rangel, o Lourdes Deschamps y Sara Monar han logrado una especial creación en sus sendos papeles de amigos de la pareja y de la hija de los festejados; tampoco Fernando Robles, cuyo papel tiene importancia ya que debe dar la imagen del típico marido donjuanesco, llamó mucho la atención. Todo el tiempo permanecía demasiado arrinconado. Quizá el único fue Juan Carlos Barreto, el novio de la hija, quien apenas aparece en la segunda mitad del último acto, que resultó simpático. Ni siquiera el propio Guillermo Orea, quien bajo una buena dirección puede ser un excelente actor, dirigido por sí mismo creaba a un personaje exagerado muy poco simpático. Igualmente Silvia Derbez, a quien acostumbramos más bien ver en la pantalla televisiva, en el escenario resultaba bastante floja. Creo que la comedia no es su fuerte. En resumen la dirección de Orea no imponía el ritmo necesario, sino una auténtica carrera de palabras, un exceso de rapidez en la actuación y en la pronunciación.

Estamos acostumbrados que los espectáculos de Don Fernando de Prado ofrezcan una mejor calidad, y quedamos pasmados ante semejante éxito de una comedia que no es precisamente mejor que la mayoría de su género. Decididamente el teatro es un misterio y nadie -ni siquiera un psiquiatra- entiende del todo la conducta dei público.