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Se alza el telón

Malkah Rabell

Roja doméstica, de Carmen Boullosa.

Titulo extraño que se presenta a numerosas interpretaciones, ninguna del todo clara. "Roja doméstica" ¿qué será? ¿Una sirvienta pelirroja o pielrroja? ¿Una doncella de casa rica que se volvió comunista? ¡No! ¡Nada de esto! Según nos explica el programa de mano: Roja doméstica consiste en un tablero de pasiones domésticas; en una nota roja doméstica, sobrenaturales imposibles para nuestra realidad, para nuestro esquema de la realidad, en la que Límites García, creador de la estampo no cree. La torpeza de una clase media urbana, encerrada en los muros de su propia casa, es mostrada por el espíritu juguetón que lleva por nombre: Límites García en la búsqueda de una comedia fantástica, una comedia con elementos sobrenaturales, vertiginosamente imposibles.

En realidad, semejante interpretación de la "Roja doméstica" no logra convencer del todo, y no sé si debe aplicarse a la historia de Carmen Boullosa, o mejor olvidarnos del título. Entonces, con qué "notas rojas" nos encontramos en esa comedia de la joven autora? Notas y hechos sobrenaturales que a veces nos divierten, y otras nos aburren. Sobre todo cuando Límites Garla, el diablo se toma excesivamente en serio y la autora hace lo mismo.

Parece extraño que en los últimos dos meses nos hemos encontrado con numerosos diablos en los foros de nuestros teatros: con Jesusa en Concilio de amor, haciendo ella misma de diablo ni siquiera afeminado; con José Angel García en El trino del Diablo, un satanás terriblemente charlatán, que no logra cerrar la boca ni por cinco minutos. Y como tercer diablo, no menos charlatán, como tercer espíritu malo, nos enfrentamos con este "Doméstico rojo" llamado Límites García, sabe Dios por qué, e interpretado por Marcial Salinas. ¿Cuál de ellos nos parece el más diablo? A decir verdad ninguno. No sé por qué en nuestra época de tantos hechos sobrenaturales necesitamos al diablo para explicarlos, y por qué a un grupo de autores y directores les entró la manía de llevarlos a escena. Bastantes espíritus malos deambulan por el mundo y abundan en nuestra vida cotidiana, aunque no sepan llevar a cabo actos sobrenaturales.

"Límites García" (no sé en qué consiste el simbolismo de semejante nombre) presenta y representa algunas anécdotas, algunos episodios sobrenaturales que no dejan de ser graciosos. Como por ejemplo su historia de un joven matrimonio enamorado del dinero, que se torna enloquecido de alegría cuando le aparece una misteriosa caja con billetes; y que se enloquece

de rabia y desesperación cuando ven cómo esas cajas desaparecen, con igual misterio, tal como habían aparecido. Lo único poco natural en ese episodio es la juventud de la pareja, Óscar Flores y Mara Ibarra. Por lo general tanta avaricia y amor al dinero más bien surge en los matrimonios ya envejecidos y que han pasado toda una vida en la miseria y en las dificultades para sobrevivir. Otro episodio gracioso es el de las dos parejas que por arte de magia del diablo se confunden entre sí y ya no se reconocen. ¿Pero, por qué deben ser representantes de la clase media urbana? No lo sé muy bien. Creo que el diablo puede confundir con tantas palabras y tanta charlatanería a todas las clases sociales.

De los cinco actores: Marcial Salinas, Óscar Flores, Mara Ibarra, Eduardo López Rojas y Francisca Vargas, que toman parte en el reparto, sólo uno, Eduardo López Rojas es un intérprete universitario bien conocido. Los demás más bien parecen jóvenes principiantes. En los últimas años nos sorprendió la cantidad de jóvenes actores que surgían en todas partes. En el presente caso es sobre todo Marcial Salinas, en el papel de Satanás, quien deja mucho qué desear en la interpretación de ese personaje que usa la palabra con exceso. Más, la dirección de Marta Luna, a quien Carmen Boullosa dedica la obra, logra sacar a la inexperiencia de sus jóvenes colaboradores todo el entusiasmo que a muchos actores con mayor madurez y experiencia hace falta. Bajo la dirección de la joven directora de escena, la obra transcurre con un ritmo rápido y alegre, con cierto tono de misterio y sobre todo se impone por su naturaliad y espontaneidad que conquista al público y divierte al auditorio del reducido pero simpático teatrito del Museo Tamayo donde se presenta.