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Se alza el telón

Malkah Rabell

Durante casi todas mis visitas al teatro del Foro de la Conchita me acostumbre a presenciar comedias, farsas o simplemente espectáculos alegres. Al llegar a este teatrito en Coyoacán para presenciar: Padre nuestro...¿Estás en los cielos? me imaginaba asistir a otra de esas alegres representaciones, probablemente una farsa cuya interrogante sería si hay alguien quien nos escucha en el cielo. Cual no fue mi sorpresa cuando a los diez minutos de estar sentada en la sala -helada en esa noche de invierno más crudo que de costumbre- me di cuenta que estábamos en pleno drama.

No suelo leer el programa de mano antes de ver el espectáculo. Lo hago siempre después del último telón. Por lo mismo traté de adaptarme de inmediato a la obra que se presentaba ante mis ojos. Se trataba de un ambiente de seminario, que para mi resulta terriblemente desconocido. En el escenario de la Conchita -que por lo general no usa escenografía y se contenta con pequeños elementos indispensables para la acción-, se encontraban cuatro camas, mejor dicho cuatro camastros que usaban sendos seminaristas. Durante dos actos, bastante largos, esos cuatro estudiantes que se preparaban para un porvenir religioso de padres, empleaban largos parlamentos, con diálogos y monólogos que no siempre eran muy claros, sobre todo para mí, ignorante de ese ambiente. Según parece esos jóvenes tenían vocación, sobre todo uno de ellos, Pablo que casi no luchaba con su cuerpo, demasiado entregado a su alma. En cambio los otros tres luchaban constantemente con sus ansias corporales. Pero sus interrogantes iban mucho más lejos que sus necesidades físicas.

Creo que también se interrogaban acerca de muchos problemas de la fe y de problemas filosóficos, que los dejaban confusos, y uno de ellos hasta perdió el equilibrio mental demasiadas veces condenado a la soledad de una celda de castigo.

La obra carece de acción, y el interés más profundo de ella reside en las discusiones de los cuatro jóvenes. Según apunta el programa de mano lo que más hace sufrir a ese grupo de estudiantes es: "La problemática de cuatro seminaristas confundidos entre sus aspiraciones espirituales y sus necesidades físicas. La razón y el instinto..." Otro de esos seminaristas muere. Pero un tercero logra encontrar una nueva vía: el teatro. No sabía qe en un seminario se permite asistir a clases de arte escénico. Según parece la obra que es la primera de Héctor Águilar Veloz, tiene mucho de autobiográfico, y hasta le ha servido como texto para un psicoanálisis, cuando renunció a la vida seminarista después de convivir ocho años, de los 11 a los 17 en un seminario, y se ha dedicado a la actividad dramática. Según parece esas discusiones tienen un apasionado interés para determinado auditorio juvenil, ya que la reducida sala de la Conchita estaba completamente atascada por un público atento y hasta había gente sentada en el suelo, pese a una noche helada.

Los cuatro jóvenes actores: Humberto Solórzano, Martín Soto, Salvador Solórzano y Luis Alfonso Mendoza, que ya han excursionado por et teatro profesional y actualmente se dedican al doblaje en la televisión, han dado vida a sus personájes con espontaneidad y convencimiento. Descalzos y semidesnudos en su celda de castigo, se entregaban a sus protagonizados con una pasión que desconocía el frío que reinaba en la sala y en el escenario. Y el público los escuchaba con una completa inmovilidad, atentos a la dramaticidad de la obra y de sus protagonistas. Bajo la dirección de Óscar Narváez, la representación se desarrolló con una completa disciplina en ese teatro instalado en una casa particular, que cada vez atrae más auditorio.