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Se alza el telón

Malkah Rabell

La importancia de llamarse Ernesto en La Gruta

Después del terremoto de 1985, la ciudad de México perdió doce teatros, número bastante elevado como para dejar sentir su ausencia. Desde entonces los diversos grupos y compañías han buscado de reemplazarlos por teatros improvisados de las más diversas maneras y en los más diversos lugares, sobre todo en casas particulares. Hace unos meses el Instituto Helénico instaló en el fondo del jardín que rodea la sala principal: el Teatro Helénico, una salita para espectáculos que llamó La Gruta por alguna razón misteriosa, que dedicó a grupos independientes. Ya se presentaron en La Gruta unas seis compañías, dos con espectáculos infantiles los sábados y domingos a mediodía, y tres para adultos. Actualmente la compañía independiente: el Grupo de Arte Teatral presenta ya el cuarto epectáculo con la comedia en tres actos de Oscar Wilde: La importancia de llamarse Ernesto.

Es difícil decir algo nuevo de Oscar Wilde a quien casi todo el mundo ha leído o visto representado. No obstante el auditorio en la reducida salita de La Gruta se divertía con mucha alegría escuchando el humorismo más oral que escénico del famoso autor inglés. Bajo la dirección de Rafael Segovia, cuya dirección tengo la oportunidad de ver por primera vez, el juvenil conjunto trataba de imitar el tono de actores ingleses, lo que no dejaba de ser algo acartonado. Pero la historia de esos dos personajes, que a ratos se llaman Ernesto (cuyo significado en inglés es Earnest "digno-honesto-seguro-sincero", nombre que precisamente encanta a las sendas mujeres a quien declaran su amor) es lo bastante estrambótica como para hacer reír a un público de nuestros días y de habla española. Historia de un protagonista adoptado de un personaje de buena situación económica que lo encontró en un maletín a la edad de unos pocos meses. El argumento de La importancia de llamarse Ernesto es a tal punto enrevesado que se hace difícil explicarlo y es necesario verlo y luego leerlo para comprender tantos quid pro quo ya que la obra tiene pocos movimientos y toda su comicidad se encierra en sus diálogos y parlamentos, a veces demasiado largos.

La comedia de Oscar Wilde cuenta con un numeroso reparto, que en las actuales condiciones sólo puede permitirse un grupo independiente que no recurre a honorarios estables para sus actores. Actualmente las compañías profesionales más bien buscan textos con dos o tres protagonistas, y a su vez los mejores dramaturgos se esfuerzan en escribir obras para tan reducido reparto. Al leer el texto del escritor inglés en su traducción castellana nos encontramos sorprendidos de ver cambiados los nombres de los personajes. ¿Por qué Archibaldo se llama en la adaptación de Rafael Segovia, Algernón; y por qué Gresford, que es el nombre de una estación de ferrocarriles de Londres, nombre que le dio su padre adoptivo al niño que encontró en un maletín en esa estación, se llama en la adaptación teatral: Jack? Sobre todo no logramos entender por qué la joven dama que en el texto publicado por la edición Espasa-Calpe lleva el fácil y lindo nombre de Susana, lo tiene traducido por el nombre impronunciable de Gwendolin.

En el reducido escenario de La Gruta la comedia wilderiana adquirió aún menos movimiento para encerrarse en el texto oral, que por fortuna tiene tanto sentido del humor con su permanente burla de las costumbres de la alta sociedad inglesa de su tiempo, que el público no deja de divertirse. No se puede pretender que esta puesta en escena fuera debida a un teatro de búsqueda. Creo más bien que se trata de un montaje bastante tradicional con un grupo de intérpretes jóvenes muy disciplinados, que tratan de permanecer encerrados en un tono británico tal vez inútil, que cala a veces en la monotonía. Sólo la escenografía de Arturo Nava busca rasgos experimentales por lo reducido de este nuevo espacio teatral al cual debe adaptarse hasta de manera simbólica.