Se alza el telón
Malkah Rabell
Las cien representaciones de Todos eran mis hijos
En una oportunidad Pablo Neruda afirmó: "Me gusta Beckett; me gusta Ionesco; me gustan la mayoría de los modernos ... Y también me gusta Arthur Miller, y ya he visto tres veces: El precio" (obra que precisamente estaban estrenando en todas las grandes capitales). A todos los espectadores muy jóvenes que rechazan una obra como Todos eran mis hijos bajo el pretexto de que ya está envejecida, que su estilo ya no interesa a nadie aburre (a quien) se les puede recordar las palabras de Neruda ... Aunque en realidad, la noche de las 100 funciones, el entusiasmo era tal que ninguna necesidad había de protegerse con remembranza del gran poeta chileno. Arthur Miller se halla muy lejos de ser un dramaturgo pasado de moda. Es uno de esos clásicos que no envejecen.
Por lo general cuando presenciamos por segunda vez una obra, se pueden detectar con mayor facilidad los defectos. Con esta representación, con Todos eran mis hijos a sus cien funciones pude constatar una mayor perfección, una excelente actuación de ciertos actores en papeles secundarios que la primera vez me pasaron desapercibidos, como la intervención de Gary Rivas en el papel de George, el hijo del socio encarcelado, muy buen actor joven. Igualmente lo es Óscar Bonfiglio, de quien he dicho en mi anterior nota que merecía un premio de revelación. Me equivoqué. Bonfiglio es ya un actor de una madurez y de una libertad en el escenario que ha pasado desde mucho tal etapa y es sin duda merecedor de un premio de coactuación. Pero fue sobre todo Narciso Busquets quien me volvió a entusiasmar más que en la anterior representación. Narciso Busquets cumplió sus 50 años de actor, de labor en el escenario, y sigue siendo un gran intérprete, tal vez mucho más profundo y maduro, con mayor comprensión para su personaje, para ese Joe Keller, el típico hombre de empresa norteamericano, para quien el "negocio" es más importante que la vida de los seres humanos, la vida y el porvenir de su país; el hombre que no piensa en todos los hijos de sus compatriotas, sino en la riqueza que él quiere dejar a sus propios hijos. Este actor que en los últimos tiempos vimos poco en el escenario teatral, creó un papel tragicómico, de un Joe Keller que sabe ser alegre, pero cuando cae en las garras del destino alcanza la tragedia. No hay nadie que pueda desplazarlo del premio de la mejor actuación del año.
Es posible que a veces, Arthur Miller llega a tonos de melodrama. Pero un melodrama realizado con grandeza, que a menudo alcanza el tono de la tragedia, es bienvenido en todos los escenarios. Hasta se llega a considerar que el drama ha dejado de existir en nuestra época, reemplazado por el melodrama y la tragedia. Y este drama que Arthur Miller escribió en 1947, en su primera época, cuando apenas terminaba la contienda, llegaba a la conciencia del pueblo norteamericano en un momento cuando aún no se había apagado el dolor
de los muertos y desaparecidos, cuando las heridas aún estaban abiertas. Pero hoy, 45 años después de finalizada la contienda, el argumento sigue actual. El gran discurso de Joe Keller para lanzar su acusación contra todos los que hacen de la guerra un medio para ganar fortunas, sigue válido. Sus palabras siguen lanzando una luz cruda sobre los intereses económicos escondidos detrás de las máscaras patrióticas. Y toda la obra la lleva Miller a cabo con una tremenda habilidad. Parece mentira como poco a poco el dramaturgo va sacando un elemento dramático de otro hasta construir el contexto del drama. Ni un solo momento podemos perder el contacto de la obra, igual que el público que esa noche llenaba hasta el último rincón del teatro Julio Prieto y que se levantó de sus asientos como un solo hombre, rindiendo homenaje tanto a Arthur Miller como a Narciso Busquets, con una ovación que parecía no tener fin.
Para festejar las 100 funciones subieron al escenario varias personalidades, como Ofelia Guilmáin, Emmanuel Carballo, Rafael Solana, Sonia Furió, y otros, que han descubierto la placa conmemorativa, dirigiéndose al público con algunas palabras cálidas.