apuntala y da forma al
edificio diseñado por el autor y calculado por el director.
José Triana
toca tan a fondo, tan en la llaga, la problemática familiar de nuestro tiempo,
que el personaje, generado en el corazón de la semilla humana, no puede
desvincularse de la condición vital del actor. En esta escenificación es
posible observar la fusión de la dinámica vivencial: cuando el personaje se
libera de su frontera literaria para cobrar una dimensión humana y cuando el
actor se libera de su voluntad humana para cobrar una dimensión de personaje.
Pocas obras
consiguen sintetizar en forma tan compacta los problemas que aquejan a una
juventud que -como dijera alguna vez Jorge Ayala Blanco- “trata de tomar por
asalto el mundo de los adultos”, y que se encuentra con que lo que sus mayores
-llámeseles padres, sociedad o poder público- les quieren legar no es, ni puede
ser, la verdadera vida. Los personajes creados por el dramaturgo cubano, han
visto que el orden preestablecido es falaz, tramposo, han visto que “la silla
no es la silla”, “la
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sala no
es la sala”, o sea, que la virtud, no es la virtud, la justicia no es la
justicia, la verdad no es la verdad. Sus padres han
trastrocado los valores, de lo que resulta que: la virtud es el defecto; la
justicia es la injusticia y la verdad es la mentira. Han visto a sus
progenitores hablar de amor, mientras se apuñalan con los ojos. Los han
contemplado obrar con egoísmo, mientras hablan de sacrificio y proclamar un
orden que no siguen.
La nueva
generación se ha dado cuenta de que no es suficiente “limpiar” la casa, ni
cambiar los objetos de lugar: “hay que tumbar esta casa”, grita Lalo, pues está podrida hasta los cimientos.
Su rebeldía
conduce a Lalo a la destrucción, pues no tiene
siquiera una posible puerta de escape. Su salida no
puede ser la evasión, pues sus padres no le han enseñado a vivir. Vislumbra que hay que intentar una congruencia entre lo que “se dice” [y] lo
que “se vive”; intuye que podría pensar, decidir y hacer las cosas por su
propia cuenta, y que su razón es tan suya y “tan respetable como la de ellos”,
pero no puede luchar porque nadie le ha enseñado cómo hacerlo, al contrario,
confundido por tanto engaño está invalidado para hallar la salida del
laberinto.
No puede
valerse por sí mismo, lo han hecho un ser inútil, que se debate en un juego
inútil; lo han esterilizado con un “ahógate, muérete ¿crees que voy a soportar
que tú te des el lujo de criticarme, de juzgarme? ¿no te das cuenta de lo que eres?”
Cuando Lalo se enfrenta a la justicia (uno de los inventos de que
más se enorgullece la Humanidad), ¿qué encuentra? Que la justicia se ha
convertido en una rutina infamante, que juzga el “cómo” del hecho, pero nunca
el “por qué”. Y cuando responde “los maté porque quería vivir”, la justicia se
desconcierta, ella preguntaba “cómo los mató” y solamente eso, y no puede
comprender que “la casa entera, todo, todo” le exigía ese acto heroico.
La nueva generación busca la salvación,
pero ni siquiera sabe de qué tiene que salvarse. “Si el amor pudiera...”
-balbucea Lalo- pero desconoce lo que es el amor,
nunca lo vio en sus padres. Sabe que hay que arriesgarlo todo por la salvación,
pero no sabe tampoco qué es lo que hay que arriesgar. “Nunca te decides a fondo
-reclama Lalo a Cuca-. Siempre hay que jugársela. No
importa ganar o perder, pero tú quieres ir a lo seguro, el camino más fácil. Y
ahí está el peligro. Porque en ese estira y encoge, te quedas en el aire sin
saber qué hacer, sin saber lo que eres y lo que es peor, sin saber lo que
quieres… ¿qué importa esta casa, qué importan estos muebles, si nosotros no
somos nada?” No quiere que sus padres lo “quieran” de la manera que lo hacen,
pero ignora de qué manera deberían quererlo. Ha vivido incrustado en el juego
de apariencias de los padres, ha sido testigo de su eterna competencia por
reproducir mejor la imagen de víctima, su odio mal disimulado. Los hijos saben
que cada miembro de la familia obra como verdugo de los demás y en un aullido
se preguntan “¿Existe acaso la piedad?”. Por más que tratan de justificar la
conducta de los padres, no pueden evitar la acusación. Y así, Roberto Dumont, Beatriz Sheridan y Marta Verduzco, se yerguen -con
palabras sangrantes de José Triana- tan pronto acusadores, como acusados; tan
pronto victimarios, como víctimas, en un mundo que ha perdido la noción de su
trayectoria.
Juan José Gurrola tuvo aciertos tan fantásticos, como el de hacer de un coche la cueva regresiva
donde los personajes se esconden cuando la tensión los obliga a buscar un
refugio. ¡Símbolo perfecto del moderno vientre materno, que devuelve a los
hombre la seguridad perdida!
Milagro teatral en el que todo converge:
obra, dirección, escenografía -por cierto magnifico debut de José Luis Cuevas
como escenógrafo- y la actuación de Marta Verduzco, Beatriz Sheridan y Roberto Dumont, tres magnos intérpretes de quienes no se puede
hablar por separado, pues forman una trinidad indisoluble. Ojalá también el
público se acerque a formar parte de esa convergencia.
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