problema inhumano es no
sólo la guerra, en la que “las tretas más innobles son las más admirables” - como expresa uno de los personajes- sino la
clase de guerra que el hombre ha inventado: una guerra capaz de hacer volar al
planeta entero.
La anécdota
está conectada en cierta forma con la de otra obra en cartel: Proceso Oppenheimer,
que si bien plantea el terror del científico ante su responsabilidad por la
creación de la bomba atómica, tal terror aparece a posteriori, cuando ya ha
sido lanzada la bomba contra Japón -y no sobre objetivos militares, sino sobre
ciudades-. En cambio Punto H plantea el problema de la
responsabilidad a priori, o sea, antes de fabricar la bomba, lo que es más
dramático porque evidencia cómo a pesar de los intentos de los hombres de
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ciencia alemanes (que
trataron de establecer un acuerdo con los sabios norteamericanos para poner
alto a los trabajos encaminados a la fabricación de la bomba -en ambos países-)
y a pesar de los intentos de los científicos norteamericanos en el mismo
sentido, no pudo evitarse la catástrofe de Hiroshima y Nagasaki.
No valió la
buena voluntad del intermediario, que era nada menos que Niels Bohr (Premio Nobel), quien previno al presidente
Roosevelt de los peligros que entrañaba la fabricación de la bomba y quien a
pesar de ser un pacifista supo exaltar el entusiasmo de Oppenheimer cuando en una conferencia, en 1939, explicó que la fisión del uranio era
factible y que una importante liberación de energía la acompañaría al desatarse
la reacción en cadena. No valió tampoco la palabra de Einstein, que en una
histórica carta, escribió: “...el problema real está en las mentes y los
corazones de los hombres. No cambiaremos los corazones de los otros hombres por
medio de mecanismos sino cambiando nuestros corazones y hablando con
valor. Debemos ser generosos brindando al mundo el conocimiento que tenemos
acerca de las fuerzas de la naturaleza, después de establecer resguardos
contra el abuso. No debemos tener meramente la disposición, sino el afán
activo de someternos a una autoridad valedera, para todos, necesaria para la
seguridad mundial. Debemos comprender que no podemos planear
simultáneamente para la paz y para la guerra. Cuando tengamos claridad en el
corazón y en la mente, sólo entonces, hallaremos el coraje necesario para
remontar e1 miedo que acosa al mundo”.
Esta obra
se estrena en México en un momento en que el nacimiento de un nuevo foco bélico
consterna al mundo y en el que la alta responsabilidad que recayó sobre los
hombros de Bohr, de Oppenheimer y de todos los atomistas que trabajaron en la invención del arma fratricida
vuelve a plantearse aunque bien a bien, nunca ha dejado de estar planteada,
desde el día que Bohr tuvo que tomar la decisión de
que los científicos norteamericanos siguieran adelante en sus trabajos, pues
desde que la segunda guerra mundial terminó, se inició la era del terror, en la
que el equilibrio de fuerzas en la carrera de armamentos, ha impedido, como ha
dicho Haro Tecglen “no
solamente una guerra resolutiva de las contradicciones del mundo, sino también
el establecimiento de una paz resolutiva".
Obras como
ésta, que despiertan la responsabilidad de la Humanidad, que va fraguándose
sola su propio destino, y que tratan de volver los ojos a los valores que hemos
arrasado de una manera indigna y vergonzosa, son una luz efímera en la senda
que el hombre recorre entre tinieblas.
Estéticamente,
la obra está delineada con una estructura recia, pesada como una catedral e
igualmente solemne. El tema no acepta ligerezas. El director, Dagoberto Guillaumin, sustenta cada situación en un juego dramático
que da trascendencia a las palabras. La acción avanza con lentitud, como un
hombre que caminara hacia el infierno. No cabe la precipitación alocada, la
transición irreflexiva, es por eso que cada momento, cada paso se medita, se
sopesa, hasta llegar a la trágica decisión con toda la responsabilidad a
cuestas. Este es uno de !os máximos aciertos de la
dirección escénica: el haber sabido sacrificar todo oropel en aras de la verdad
dramática.
Y Ancira, y Virginia Manzano, y Rafael Llamas, son en la obra
tres personajes que hablan con voz propia. Cualquier elogio está limitado por
las palabras, y sólo verlos en escena puede dar una idea de lo que significa su
trabajo. Teresa Selma completa el reparto y sólo le falta ascender un escalón
para situarse al nivel de sinceridad y verdad en el que están sus compañeros.
Digna de
admiración es la escenografía que diseñó Julio Prieto y pulcra la traducción de
Augusto Benedico.
Un aplauso
para todos los que participan en la obra, así como para Rafael L. Miarnau y Emma Teresa Armendáriz, fundadores del Teatro
Club, por dar a conocer, en esta excelente escenificación, una obra
trascendental de nuestros días.
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