diorama teatral
¡paren el mundo,
por mara reyes
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Teatro del Bosque. Libreto, música y canciones de
Leslie Bricusse y Anthony Newley.
Traducción, Nicole Blanc y Héctor Ortega. Dirección,
de Héctor Ortega. Asistente de dirección y coros: Mauricio Herrera. Dirección
musical, Mario Patrón. Escenografía, Benjamín Villanueva. Vestuario y utilería,
Pedro Coronel. Coreografía, Colombia Moya. Reparto: Alfonso Arau, Virma González, Cora Flores, Marta Zamora, Lupe
Castro, Maricruz Nájera, Teresa González, Lena Osmanchuk, Anabelle Phé Funchal, Marta
Aura, etcétera.
Parece que el no haber concurrido a
la función del día del estreno, sino a una posterior, fue una fortuna, pues la
comedia ha tomado su ritmo (ya no dura más de tres horas, sino dos y media). La
difícil mecánica de la producción se ha sistematizado y los engranajes se
mueven con precisión.
La estructura de la comedia es singular y evidentemente
pretende ser una síntesis entre el divertimiento, la sátira y la obra de tesis.
Así, pues, echa mano de los recursos de la pantomima, el baile,
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el canto, la acrobacia circense
y la palabra.
La dirección escénica, si bien imaginativa, padece de ciertas
repeticiones, especialmente en lo que a pantomima se refiere, pues incorpora a su
espectáculo lo que ya hemos visto en Alexandr y en Marceau (fragmentos del Cazador
de mariposas, La jaula de cristal, Nacimiento, adolescencia y muerte y otras).
Esto es de sentirse, pues Héctor Ortega tiene la suficiente
Desde luego también hay hallazgos, como las conversaciones que
sostiene Chiquilín con su suegro, cuya voz es representada por un instrumento
musical.
Pero indudablemente lo mejor es la actuación de Alfonso Arau y de Virma González. Una
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pareja que combina la gracia y la
simpatía personales con el dominio técnico, ya que ambos, además de excelentes
actores y mimos, son buenos bailarines y en el arte del canto, si no
deslumbran, sí lo practican con la corrección necesaria a una comedia musical.
Su paso por el escenario es siempre un despliegue de fina comicidad.
Si la escenografía de Benjamín Villanueva es espléndida, en
cambio el vestuario de Pedro Coronel me parece que sólo fue eficaz en lo que se
refiere a los trajes de “Chiquilín”. Ese papel dorado que emplea en el atuendo
de las mujeres, lejos de producir buena impresión, acartona las figuras y hace
que parezcan torpes sus movimientos.
Un elogio merece Edmundo Santos por la traducción de las
canciones que en todo momento dan la impresión de haber sido originalmente escritas
en español. También el texto fue magníficamente traducido por Nicole Blanc y el propio Héctor Ortega. La coreografía de Colombia
Moya tiene sus aciertos. Podría decirse que al espectáculo entero le faltó
madurar; sin embargo, el saldo todavía es muy favorable.
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