Se alza el telón
Malkah Rabell
El rufián en la escalera de Joe Orton
Del inglés Joe Orton me asombraron dos cosas: su obra El rufián en la escalera y su vida. Es el autor que menos parecido tiene a Jean Genet, y no obstante me hizo pensar en el dramaturgo francés. ¿Por qué? Tal vez porque de Orton se puede decir algo que también puede caber en el destino de Genet: "Orton fue un bombazo, tuvo un éxito y una carrera asombrosos pero cortos, pues su éxito como escritor agudo, mordaz, peligroso, terminó con su muerte a los 33 años a manos de su compañero Kenneth Halliwell, quien lo mató a martillazos, el 10 de agosto de 1967, y después se suicidó..." Genet fue hijo adoptivo de campesinos; Orton fue hijo de un jardinero y de una costurera. También como Genet, Orton estuvo en la cárcel. ¿No es una vida y una muerte que corresponderían muy bien a Genet, aunque el estilo literario de cada uno sea completamente distinto?
Si el estilo de Genet es poético y a menudo florido, el de Orton es desnudo como la muerte y rudo como la vida. Por lo menos tal es el estilo de El rufián en la escalera, primera obra de Orton que presenció, dramaturgo que nunca llegó a adquirir la fama de su colega galo. Es difícil hacer un resumen de ese drama. Más que un argumento la obra poseé una atmósfera terrible que nos hace temblar a cada instante. En realidad nos quedamos algo sorprendidos al final, y nos preguntamos: ¿qué ha sucedido en ese drama? Sin saber contestar claramente. Los tres protagonistas que forman el contexto de ese Rufián en la escalera no son figuras sencillas. He aquí una ex prostituta, que vive con un ex boxeador, y los dos sorpresivamente se enfrentarn a un rufián. Que tampoco sabemos muy bien por qué le corresponde semejante título. El hermano de Wilson el rufián, ha muerto asesinado. Alguien es el culpable. ¿Quién?
Caso raro, va en su primera obra Orton describe en cierto modo su propia muerte de muchacho muy joven fallecido de manera violenta. Parece como si Wilson, estuviera buscando su propio fin. Y el deseo de morir, de uno de los personajes explica el miedo de la mujer como un permanente estado pánico, y a su vez da la pauta del pánico del ex-boxeador. Las escenas entre los tres personajes provoca una constante tensión nerviosa en el auditorio.
La obra es corta. Ignoro el tiempo de su duración. La quisieramos ver mucho más larga, porque nos intriga y nos procova una falta de respiración durante todo su transcurso. Tenemos miedo y no sabemos muy bien por qué. De los tres actores que forman el reparto, sobre todo llaman la atención Patricia Eguía en el papel de Joyce, la única figura femenina del drama. Es la primera vez que tengo la oportunidad de verla en el escenario y me pareció excelente y fisicamente muy apropiada para su personaje. Miguel Flores es ya un actor conocido, sobre todo en las compañías universitarias, y me pareció igualmente perfecto en el papel del egoísta Mike, el antiguo boxeador, incapaz de la menor ternura, pero capaz de matar por algo que él considera su derecho de posesión machista. El menos maduro de este reparto es Álvaro Guerrero en el papel de Wilson, el rufián, que no tiene mucha claridad de dicción y a menudo perdemos algo de sus parlamentos que deben explicarnos no sólo las características psicológicas de su papel, sino su postura de irlandés y de católico frente a la de protestante de Mike.
En cuanto a la dirección de Ángeles Castro Gurría crea con exactitud la atmósfera de tensión y de miedo entre este trío. Una atmósfera casi de misterio. La directora maneja también como es debido a los intérpretes. Un poco de mayor fuerza para Wilson, no le vendría mal al joven actor Álvaro Guerrero. También es apropiada la escenografía de Mónica Kubli con sus ventanas rotas por donde llegan al escenario las piedras que lanza una mano misteriosa.
El extraño escenario del teatro Santa Catarina, que puede cambiar con cada nuevo estreno, aunque no deja de ser sencillo, interesa y mantiene tenso al auditorio.