Se alza el telón
Malkah Rabell
Los niños prohibidos, de Jesús González Dávila
No sé con certeza si esta obra dramática de Jesús González Dávila, que actualmente se presenta en el muy agradable teatro Julián Carrillo, Radio UNAM, Los niños prohibidos es una creación de los últimos tiempos o se debe a una época anterior. En la presente pieza el autor parece alejarse de los seres y de los ambientes marginados -como es su última tendencia-, para volver a un ambiente más poético y más misterioso, hasta quizá excesivamente cerrado, lo que impide a cierto espectador comprender con toda clarida los hechos que suceden en el escenario. ¿Quiénes son esas tres mujeres y ese hombre que se encuentran en el mismo foro casi desnudo y no parecen tener mucha relación unos con otros? Sin embargo, si no comprendo mal, lo que encierra en el mismo marco a ese grupo de figura es su lucha contra un mundo que los rechaza. Los niños prohibidos es un título que tal vez implica mal la idea clave del dramaturgo. Yo más bien lo explico como "niños" a quienes se les prohíbe una vida libre. La niña "tonta" y la niña "mala" ni es tonta una, ni la otra es mala. Y me explico que una está encerrada en un manicomio cuidada por una enfermera, y la otra tiene por cárcel a su propia casa, y por carcelero a su propio padre.
Nuestro gran psiquiatra-psicólogo, Santiago Ramírez considera e insiste en que "infancia es destino". También González Dávila parece dirigirse en la misma dirección. Y nada más cierto, aunque muchos lo niegan. Si supiéramos cuánta verdad se encuentra encerrada en tal suposición, quizá la vida resultaría más fácil y más aplicable el destino de cada quien. Jesús González Dávila para crear su ambiente y a sus personajes, los encierra en un marco más de poesía que de realidad, y parece como si a esos niños les fuera imponiendo ya una línea de conducta del futuro. La representación no dura más de una hora, y nos hubiera gustado una mayor prolongación con otros casos que le dieran más claridad y más profundidad a los problemas que el autor explaya con más poesía que realismo. Jesús González Dávila ya demostró en otros de sus dramas su interés por la lucha del niño para escapar de la cárcel que el adulto crea en la vida del menor. He oído a varios espectadores quejarse de su incomprensión ante el texto daviliano. Sin embargo no es tan complejo entenderlo. Se me hace que el drama todavía pertenece a la época cuando la vanguardia teatral perseguía la incomprensión, con muchas verdades subyacentes. No obstante, ese lenguaje de misterio logra emocionarnos y a menudo el llanto queda cuajado en la garganta.
Bajo la dirección de Guillermo Rius, director cuyo trabajo veo por primera vez, es sobre todo la actuación que se coloca en primer lugar. Los cuatro jóvenes intérpretes: Alejandra Vicencio, Marisela Mora, Norma Gendrón y Salvador Murrieta, han logrado dar vida y realidad convincente a sus sendos personajes: padre y niña mala; enfermera y niña tonta, demuestran ya una madurez en el escenario, que pocas veces tienen unos actores de tanta juventud. El ritmo directivo era excelente sin excesiva viveza ni tampoco excesiva lentitud. Grupo que todavía no puede llamarse profesional, es uno de tantos "Grupos Independientes" que actualmente proliferan en el DF y cuya proliferación se hace difícil de explicar en una época de tanta crisis económica.
Ojalá el público responda a ese juvenil entusiasmo de ese breve grupo de teatristas, que ya promete mucho, y visite con más asiduidad tal representación.