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Se alza el telón

Malkah Rabell

La tempestad de Shakespeare

Después del primer acto, alguien me preguntó con rostro de extrañeza: ¿Esto es de Shakespeare? Y con mucha pena hube de contestar: "Si, también ésto es Shakespeare". Y La tempestad no es precisamente una obra desconocida, o poco conocida. Este cuento de hadas ha sido usado en numerosas oportunidades en ballets y en espectáculos dramáticos. Pero indudablemente no es de mucho interés para un espectador contemporáneo. Tal vez tendrían que modernizarlo de una manera muy especial; usar maquinaria para impresionar la curiosidad y la fantasía infantil que existe en todos nosotros. Hoy, vemos verdaderas tempestades en el cine o en la televisión. Si nos lo presentan con todo su realismo en el escenario sin duda apasionaría a un público muy especial. El teatro universitario Sor Juana Inés de la Cruz es muy reducido. Ni es fácil dar vida a una tempestad en su mutable escenario, ni tampoco es sencillo crear las diversas imágenes de las ciencias ocultas en su foro. Hay que andarse con mucho cuidado para no caer en la ingenuidad o en el absurdo. En la época de Shakespeare muchísima gente creía en las ciencias ocultas, como no faltan personas que creen en ellas hasta el presente. Pero para llevarlas ante un auditorio universitario en nuestros días se debe tener un especial talento directivo, una fantasía deslumbrante y contar con medios técnicos muy amplios para aprovechar un escenario especialmente creado para ello... Lamentablemente todas estas posibilidades y exigencias fallaban.

La dirección de Nicolás Nuñez trató de reemplazar la técnica por la fantasía. Por un acto que llamó: "Explicación de teatro participativo, basada en la obra de Shakespeare y desarrollada por el Taller de Investigación Teatral de la UNAM." Las invitaciones iban acompañadas de un aviso: "Asistir con pants, tenis y unas pañoletas". Desde luego no me lo tomé en serio y tiré de inmediato el aviso, pensando que sólo se trataba de una broma. Resultó que a mediados del segundo acto la acción se detuvo y todos los espectadores provistos de tenis, pants y pañoletas quedaron invitados a formarse en fila, cubrirse los ojos con la pañoleta y marchar fuera del teatro para realizar un acto ritual que debía durar una hora. Luego a la vuelta en 15 minutos se terminaría la representación. Nunca estuve tan feliz de carecer de pants y de tenis, y desde luego, en lugar de irme al acto ritual en el frío de la noche, me fui a mi casa.

¿Qué me dejó el larguísimo primer acto y la no menos larguísima segunda parte? ¡Un tremendo aburrimiento! Y una muy molesta sensación de que me estaban tomando el pelo. Después de 'a pésima dirección del primer acto donde la única actriz con capacidad y gracia era María Clara Zurita en el papel de Ariel -el hada jefe- en tanto todos los demás en torno de ella parecían aficionados, el repentino pase de la obra shakespeariana a un juego de niños, me pareció una manera muy poco honesta de esconder la ineptitud de montar un espectáculo profesional. Si para Nicolás Nuñez esta representación es un acto para una pandilla (como él mismo dice en su introducción al programa de mano, donde saluda al público como: "Bienvenidos a la pandilla") debe avisar que no se admite la presencia ni la entrada a personas mayores de. . .???. Hay espectáculos que no admiten niños. Puede muy bien haber funciones teatrales que no admitan a personas mayores de 40 años.

En cuanto a mí, por mi propia experiencia, no recomiendo a nadie semejante espectáculo, ni siquiera a los niños...