Se alza el telón
Malkah Rabell
Una mirada retrospectiva sobre la III muestra de Teatro Latino
—Primera parte—
El III festival del teatro latino en México puso punto final a sus actividades ya hace algunos días. Y en la perspectiva del tiempo que pasa vemos mejor sus lados positivos y negativos, su aporte a nuestro teatro y otros que se olvidan. No todo ha sido de gran vuelo y no todo merecía entusiasmo. Sin embargo esas llegadas de colegas extranjeros que hablan casi la mayor parte nuestro idioma, resultaba una alegría y traía no poco de aprendizaje tanto para nuestros teatristas como para la prensa especializada.
Los amantes del teatro que no suelen abandonar la posibilidad de presenciar todo espectáculo nuevo que aparece en nuestra capital, esperaban con impaciencia sobre todo dos representaciones: la vuelta a México de la Cuadra de Sevilla y del grupo venezolano Rajatabla cuya labor artística hemos tenido la oportunidad de admirar en otros años: Al primero en Quejío y Andalucía amarga; y Rajatabla en numerosas puestas en escena, todos de una gran calidad artística. Pero lo que mayor sorpresa causó fue una compañía desconocida para el auditorio mexicano: el grupo argentino: la Comedia Cordobesa.
Los espectadores suelen tener la falsa impresión que las compañías de provincia pueden ofrecer muy poco de valioso. Pues esta Comedia Cordobesa nos ofreció en El reñidero un espectáculo tanto novedoso como excelente. Yo misma no confiaba mucho en ese producto de Córdoba. Más, cual no fue mi sorpresa cuando desde el primer acto me encontré con un drama de mucha fuerza emotiva, basada en la Orestiada y con influencia de la Electra de Sófocles, pero estupendamente adaptada a un ambiente argentino de provincia, así como al tono y a la psicología rioplatensa.
Reñidero, palabra que en México conocemos como "palenque", donde los gallos enseñados en el cruel juego del combate se entrematan ante un público desatado por el olor a sangre. En este drama de Sergio Secco el amo y organizador de esa lucha de gallos es el cacique del barrio, Pancho Morales, a quien de repente se encuentra asesinado. Tanto entre la población de la ciudad, Tanto entre sus familiares, no le falta a Pancho Morales enemigos dispuestos a matarlo. Sólo su hija, Elena-Electra, con su apasionado amor edípico por el padre, se erige en defensora del difunto. A este drama -o tal vez melodrama, ¿acaso todas la tragedias clásicas no lo son?-, no le faltan influencias diversas, pero el autor, Sergio Secco supo asimilar las distintas voces,
desde Samuel Eichelbaum hasta Borges, en una sólida unidad dramática, con una cantante que entono una melodía sin palabra a todo lo largo del espectáculo en lugar del coro clásico, con un Tiresias popular, el trapero que adivina el porve nir, y un segundo acto más trágico que el prime ro, cuando el "Reñidero" que cubren de sangre los gallos, se transforma en un matadero de se res humanos.
Excelentemente dirigida por Carlos Giménez, quien supo crear una atmósfera densa, que sin alejarse del tema clásico no deja de ser muy popular y rioplantense. con la constante inter vención de la guitarra y del bandoneón, y en el contorno de una originalísima escenografía dividida en diversas áreas, debida a Rafael Reyeros. Aunque el director no contaba con actores de mucho renombre, su conjunto artístico sacudía al público en más de una escena por la disciplina y lo temperamental. Especialmente en la escena final, la del segundo acto que cierra la obra.
En cambio, para mi máxima tristeza, quedé defraudada ante la representación del grupo español: La Cuadra de Sevilla que ofrecía una pieza escrita y dirigida por Salvador Tovara: Las bacantes inspirada en el texto de Euripides. Los espectáculos que hemos visto en otros años con el mismo grupo: Quejío y Andalucía amarga nos dejó tan fuerte impresión que nuestra espera se hallaba repleta de esperanzas. Y como siempre cuando se exige mucho y se espera aún más, todo arte nos parece poco. Y Las bacantes de Tovara adaptada a una corte de gitanos, nos dio menos de lo esperado. Los actores estaban a muy bajo nivel. Manuela Vargas, que no es actriz sino bailarina de flamenco, ya nos parecía demasiado entrada en años para mantener vivo todo en acto con sus danzas, aunque como madre de Penteo, rey de Tebas y sucesor de Cadmo, y a su vez hija de Cadmo, lógicamente ya podía representar una edad madura. Las bacantas parecían más bien floristas de un Madrid en primavera. Tampoco su Tiresias nos convenció con su cara juvenil de muchachita que sólo tiene la voz masculina. Lo único interesante por su novedad en ese espectáculo más de imágenes que de texto, era el aparato que hacía girar en el aire a las bacantes, y en momento dado cuando Agave (Manuela Vargas) permanecía detenida en la cima del aparato, adquiría un aire de santa moderna. En resumen esa obra de Salvador Tovara no lograba convencer, aun cuando muchos espectadores, que tal vez nunca vieron Quejío, se declaraban transportados por el entusiasmo.