Se alza el telón
Malkah Rabell
Miss fuegos artificiales espectáculo de José Luis Ibañez
La primera impresión del espectador ante Miss Fuegos Artificiales, es que la obra de la dramaturga norteamericana, Beth Henley, premio Pulitzer, es vacía, sin elementos de verdadera importancia. Al revisarla en la memoria, empieza uno a captar algunos rasgos apenas subrayados, y se da cuenta que en esta familia del sur de los Estados Unidos cuya historia se presenta en el escenario, no sólo el hijo, Delmonte, resulta un enfermo mental, sino que todos y cada uno de sus miembros son trastornados. Empecemos por la figura femenina protagónica "Clavel", que es casi abiertamente una prostituta que ha sufrido en su peligrosa profesión los embates de la sífilis, para cambiar de vida -que lamentablemente Clavel sigue llevando a pesar de todo-, la joven decide participar en un concurso nacional que se dedica a nombrar una "Miss Fuegos Artificiales" en el desfile del cuatro de junio, fiesta patria en aquel país. También nos enteramos que en el concurso una de las candidatas es de origen mexicano, lo que parece ser el obstáculo máximo para rechazarla. La autora sólo lo menciona de paso, pero se nota claramente la amarga crítica. En el análisis del texto, aparecen otros lunares menores o mayores, que son el auténtico valor de este premio Pulitzer, de quien ya hemos conocido en México otras obras de mayor fuerza dramática, como Crímenes del corazón, donde también algunos miembros de la misma familia sufren las consecuencias de unas fallas mentales. De todos modos nos preguntamos si vale la pena traducir una obra como Miss Fuegos Artificiales para ponerla con un grupo de jóvenes actores de dos importantes instituciones mexicanas como la UNAM y el CADAC. ¿No se encuentran entre nuestros propios valores dramatúrgicos textos de mayores calidades tanto artísticas como morales? Si se trata de traducir y de gastar dólares en la compra de ciertas obras extranjeras, por lo menos que sean de un gran valor, de una gran calidad.
Pero, la obra -que no sé como llamar: si comedia dramática o tragicomedia, que de ambas cosas tiene algo-, es tan sencilla y tan movida que ni siquiera nos permite aburrirnos. Nos divertimos con cada uno de los personajes. Con las fantasías de Clavel, con la vida que pasa fácilmente de lo dramático a lo cómico. También Popojitos, la modista de Clavel, que se enamora absurdamente del joven y trastornado Delmonte, primo de Clavel,
primo de Clavel, pasa de lo cómico a lo dramático con facilidad. Pero el personaje más extraño, que no pertenece a la familia, resulta el multienfermo Máximo, amante de Clavel, que no se sabe quién enfermó a quién, quién transmitió a quién la enfermedad venérea. ¿Quién es ese Máximo, con su traje extrambótico que mezcla todos los colores de la bandera norteamericana? ¿Qué significado tienen esos globos que anda paseando de allá para acá? ¿Es un vendedor de globos? ¿O los globos no son mas que una atracción del desfile? La autora parece tener una tendencia de mezclar, un poco a la buena de Dios, los elementos más dispares. Lo que no deja de divertir.
El director de la representación, José Luis Ibáñez, muy conocido en el mundo teatrista, se ha dedicado en los últimos años al montaje de comedias musicales. Tal vez pensó imponerle tal aspecto a Miss Fuegos Artificiales. Mas, no lo logró. La parte musical se le escapó de las manos. El espectador de este género va a escuchar cantar y a ver bailar a sus intérpretes preferidos, y no a escuchar discos que se encuentran entre bambalinas. Ninguno de los personajes de la obra canta, ignoro si por desconocimiento del canto o simplemente porque así es la comedia. Rosita Pelayo en el papel de Clavel nos da muestras de conocer los pasos de ballet clásico, es más bailarina que actriz. Es una joven actriz físicamente muy adaptada al papel. También es muy adaptada a su personaje Patricia Bernal, como La Nena, que en su pasado fue una Miss de Belleza e influye mucho en su prima Clavel. La Srta. Bernal demuestra mucho garbo y elegancia en su manera de caminar y en toda su manera de presentarse.
No sé si los intérpretes son actores profesionales o más bien discípulos de una escuela de actuación de la UNAM o del CADAC. Casi todo el reparto es correcto sin llegar a mayores alturas. El escenógrafo Juan José Urbina, emplea excelentemente el espacio de la sala que ha sido dedicado a la actuación. Todo el teatro CADAC es amplio y muy cómodo, con una buena visión desde todas las filas y todos los asientos. Para quien no exige demasiado, este premio Pulitzer de Beth Henley le da la posibilidad de pasar una buena velada de entretenimiento, y hasta le permite pasear por el hermosísimo barrio de Coyoacán.