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Se alza el telón

Malkah Rabell

Una pareja muy abierta, de Darío Fo

Las obras teatrales de Darío Fo se distinguen principalmente por basarse en problemas políticos y sociales, pese a tratarse en su mayoría de comedias y farsas. Y mucho de sus éxitos se deben a su actualidad en este campo, y pueden aplicarse a muchos países, como No tengo... no pago, No robarás...tanto. La obra que desde algunos meses se presenta en el Granero: Una pareja abierta... muy abierta pertenece al mismo escritor italiano, escrita en conjunto con su esposa, la actriz Franca Rame, y se aleja de toda clase de cuestiones políticas, y hasta sociales, para refugiarse en la vida sexual de una pareja que según parece también es parte del mundo teatrista. Y escriben su texto directamente para el público desde el escenario donde se desarrolla la acción... o la falta de acción.

Admito humildemente que pese al éxito que la farsa mereció desde su estreno, hace ya algún tiempo, a mí me resultó monótona y a menudo desagradable. La pareja esgrime los celos y la amenaza del suicidio con demasiada frecuencia y con excesiva repetición. Hay países donde la libertad sexual de las parejas ya es un hecho bastante antiguo. Pertenece a la época de la "Garconne"..Pero creo que para el temperamento latino, es especial italiano, semejante libertad de pareja abierta, sobre todo para el hombre, el macho, debe ser una verdadera tortura, un desgarramiento de su orgullo masculino. Aunque precisamente las mujeres italianas jugaban y a menudo abusaban de la libertad sexual, desde lejanas épocas, como el Renacimiento. Una libertad que nos señalan no pocos escritores italianos de épocas antiguas.

Tanto el marido como la esposa de esa pareja "muy abierta" terminan por aburrir con su manía de correr a la ventana y representar la comedia de arrojarse desde la altura, cuidando mucho de que nunca suceda. Tambien hay escenas escatológicas, repetitivas, algunas que nos recuerdan a Huele a gas, o cuando Antonia, la esposa levanta la falda y se quita las pantaletas para mostrar al público sus intimidades posteriores desnudas. Lo que para nada se necesita, ni nada agrega a la comicidad. Por fortuna la farsá tiene un final muy sorpresivo y de mucha fuerza dramática. Aunque nos recuerda el final de La muerte accidental de un anarquista. Un final que despierta el entusiasmo del público, el cual recompensa a los dos únicos actores en el escenario con un largo, largo aplauso.

En los papeles de Antonia y Antonio, la pareja que trata de convencerse mutuamente, sin lograrlo, que la libertad sexual de cada uno es una necesidad ineludible, Margarita Sanz y Salvador Sánchez crean dos caracteres que a veces caen en la sobreactuación. Estamos bastante acostumbrados a los excesos de actuación de Margarita Sanz, y es menester admitir que sólo los actores provistos de muchas posibilidades artísticas pueden sobreactuar. El actor pobre en temperamento nunca lo hace ni lo logra... por fortuna. En cuanto a Salvador Sánchez, más bien nos sorprenden las exageraciones en este comediante siempre tan lleno de naturalidad, de espontaneidad y sinceridad, sin nunca necesitar recurrir a las actitudes sobrecargadas. Es cierto que Margarita Sanz trató de cambiar de manera de ser, y se esforzó en el papel de Antonia de recurrir a escenas de una actuación a media voz, que de repente pasaban a los gritos histéricos. Y hasta tuvo una escena que fue largamente aplaudida en el transcurso de uno de los actos.

La dirección de Benjamín Cann, que más bien se dedicó durante mucho tiempo a la televisión, donde se inició, impuso a toda la obra, el ritmo intensivo de una farsa, ritmo al cual los dos intérpretes se sometieron sobre todo Salvador Sánchez, para quien los papeles cómicos no son lo más habitual. La escenografía de Teresa Cornejo no agregaba mucho al contenido, ni a la atmósfera, ni a la estética de la puesta en escena. Se trataba más bien de ciertos elementos minúsculos que resultaban necesarios para la actuación, como la ventana de la cual hacían tanto uso y abuso los dos protagonistas. La coreografía de Emma Pulido más bien parecía inexistente. En cambio la música original de Enrique Díaz lo graba a veces crear un fondo musical emotivo.

En resumen, es el final, tan sorpresivo y dramático, que logra, creo salvar la obra de todas sus debilidades y despertar la última emoción.