Resaltar búsqueda

 

 

Se alza el telón

Malkah Rabell

De la calle, una excesiva imagen del lúmpen

Lamentablemente podemos constatar que los dramaturgos nacionales en su mayoría, cada vez que enfrentan la miseria en algunas de sus obras, se van en dirección del "Lumpen" en lugar del proletariado. Sobre todo es un grave defecto de los autores que se consideran revolucionarios y creen con ello lanza un grito de protesta. Para dar una imagen de los Albañiles tuvo que hacerlo un dramaturgo católico, Vicente Leñero, y a la imagen que creó no le faltaban detalles de marginados: unos albañiles con asesinos y ladrones en sus filas. Tales imágenes de bajos fondos predominan en la obra de Jesús González Dávila: De la calle, que actualmente se presenta en la Compañía Nacional de Teatro, en el Teatro del Bosque, bajo la dirección de Julio Castillo. Una pieza que nos recuerda con mucha insistencia la puesta en escena que realizó el mismo Julio Castillo con Los bajos fondos de Máximo Gorky.

De la calle es un drama que da vida al texto con una multitud de imágenes a menudo excesivamente terribles, con sus personajes que sobre todo se distinguen por su crueldad. Es el drama de un jovencito quinceañero, casi un niño, a quien falta todo apoyo familiar y anda buscando la figura paterna, en cuya búsqueda va a dar al ambiente de mendigos, vagabundos, delincuentes, prostítutas de ambos sexos, y toda clase de marginados, Julio Castillo se apoya mucho sobre imágenes cinematográficas que nos recuerdan a Los olvidados de Buñuel. En cuanto Los bajos fondos la obra tenía más de un detalle positivo. De la calle no tiene ninguno. Los bajos fondos tenía personajes que podían dar lugar a la creatividad de los actores. En De la calle esta posibilidad se halla bastante ausente. Hay muchos papeles, pero la mayoría minúsculos. Muchos personajes que pueden crear escenas colectivas, pero incapaces de ofrecer la materia prima de una creación dramática individual, es decir de un papel. Es extraño como Jesús González Dávila que en sus primeras obras siempre maniobra con elementos poéticos, raros, misteriosos, ahora trata de crear un texto de un realismo que no tiene poco de repugnante. Parece que este realismo excesivo resulta muy del gusto de ciertos teatristas actuales. Sobre todo son del gusto de quienes aman la cinematografía. Hay escenas que son auténticamente desgarradoras, de un profundo dramatismo, que llegan al alma. Pero hay otras -demasiadas-, que se prestan a revolver las entrañas, que sólo los estómagos muy resistentes soportan.

El único personaje que llama la atención entre esta multitud de protagonistas -que llegan a los treinta y tantos-, es Rufino, el quinceañero, que ni siquiera esta edad representa, lo que es un detalle muy bien subrayado, ya que es un niño no sólo falto de ternura y calor hogareño, sino, y sobre todo, de alimentos. En este protagonista, Roberto Sossa Martínez es excelente físicamente. A veces no se le entendía muy bien, lo que tal vez se debía a una mala acústica que ofrece el teatro. En el resto del reparto es terriblemente difícil distinguir a unos de otros, por su número y por la insignificancia de la mayoría de los papeles.

Uno de los elementos más imporantes y sugestivos de la representación fue indudablemente la escenografía, debida a Gabriel Pascal, magnífica y que obligó a suprimir numerosas filas de butacas de la platea. Escenografía que imponía a todo al especfáculo como una atmósfera de túnel: una vida -cien vidas, mil vidas-, encerradas en un profundo túnel. Sabiendo cómo cada elemento de la representación se debe en gran parte a la intervención de Julio Castillo, no podemos dejar de suponer que tambien este túnel escenográfico es en parte debido a la imaginación del director.

A pesar de algunos alti-bajos, no podemos dejar de recomendar este desgarrador espectáculo, que seguramente despertará la curiosidad de todo amante del teatro, aunque se encuentre con un drama para el cual -como dice Vicente Leñero en su introducción al programa de mano- "no hay esperanza, no hay salida, no hay futuro", aunque con toda nuestra alma quisiéramos rechazar semejante porvenir.