diorama teatral
“amoor”
por mara reyes
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Teatro Manolo Fábregas. Autor, Murray Schisgal. Traducción, Raúl Zenteno. Adaptación, Manuel Sánchez Navarro. Dirección, Manolo Fábregas. Escenografía, Julio Prieto. Reparto: Manolo Fábregas, Ariadne Welter y Emilio Brillas. Tocó a Manolo Fábregas iniciar la
temporada teatral del nuevo año 1967 con Amoor. Parece que como siempre
les ocurre a los empresarios en México, Fábregas tuvo que recurrir una vez más
a una comedia de pocos vuelos para llenar su teatro. La obra recurre a los
mismos recursos pseudomoralizantes del teatro
burgués, con sus consabidas desavenencias conyugales, sin embargo, el tratamiento
es diferente, por cuanto hace, al mismo tiempo, una burla de esos recursos. El
autor consigue parodiar junto con los inadaptados sociales -que le echan la
culpa a la infelicidad de su niñez- los conflictos conyugales exagerando los
rasgos, los caracteres, en fin, llevando a su máximo grado los lugares comunes.
Las escenas de amor, las escenas de celos, los grandes dramas de la
convivencia, todo, aparece en forma de parodia, así, el marido, se enamora de
una haragana que se pasa todo el día comiendo chocolates; la esposa se enamora
de un vagabundo con todas las características de un personaje de los que
aparecen en las obras de Beckett, sólo que caricaturizado, de tal manera
que ella, aunque divorciada y casada con otro hombre, nunca llega a serle “infiel”
a su primer esposo, con el cual vuelve después “intocada”.
Como
siempre, Fábregas presenta una producción de
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primer orden. La escenografía de Julio Prieto es un acierto, pues consigue que ese puente, tonos grises, en el que se desarrolla la acción de la comedia, tenga una atmósfera propicia en todo momento. La dirección escénica corrió a cargo de Manolo Fábregas, quien le imprimió un buen ritmo, logrando una serie de buenos efectos que substituyen la inmovilidad de la acción. Y si Manolo Fábregas y Ariadne Welter convencen como personajes en sus respectivas interpretaciones, no así Emilio Brillas, quien, en mi opinión, tiene el defecto de aparecer siempre como Emilio Brillas, y no como personaje alguno. Se le denomine Pedro, Juan o Paco, se encuentran en él, en todas las obras en las que interviene, el mismo tono plañidero, el mismo sonsonete enfático en los parlamentos, enderezado a sacar la risa de los espectadores a como dé lugar. La risa que él produce en su auditorio es de orden mecánico y no dinámico y eso, creo yo, no es una forma legítima de provocar la risa. Si se le juzga superficialmente, se dirá que logra algunos buenos momentos -no es en balde toda su experiencia-; pero si escarbamos más, veremos que no hay una verdadera entrega en su actuación, sino siempre -en mayor o menor grado- un calculador simulacro efectista con apariencia de sinceridad, para impresionar a su público. En general se trata de una comedia
trivial, metida dentro de un marco dorado, que nada quita ni añade al movimiento
teatral mexicano.
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