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La gran mayoría del teatro
representado en México, en todos los niveles -experimental, comercial, escolar-
sigue siendo de autores extranjeros. Las mejores obras contemporáneas, del repertorio
de otros países, fueron en mi opinión, Escuela de bufones de Ghelderode, donde a las excelencias de la obra se aunó una
puesta en escena que es de las mejores -y ya es mucho decir- de Alexandro Jodorowsky.
Además de esta obra, se pusieron espléndidamente
otras en la Casa de la Paz, como El ensueño de Strindberg, y en otros teatros. Puede decirse que
este año figuraron en nuestros escenarios los grandes exponentes del teatro de
distintas regiones, épocas y estilos, desde el clasicismo griego, español,
francés e inglés, hasta el vanguardismo inglés, francés y alemán, con obras
como Las aves de Aristófanes, La gatomaquia, de Lope de Vega, Un
fénix demasiado frecuente, de Christopher Fry, El
señor Puntilla y su sirviente Matti, de Bertolt Brecht, ¿Quién le teme a Virginia Woolf? de Edward Albee y Las sillas de Ionesco -todas en el Teatro Jiménez Rueda-; Los
bajos fondos, de Gorki, Lorenzaccio,
de Alfred de Musset -en el Teatro Comonfort-; La
calle sin puertas de Wolfgang Borchert, dirigida por un alumno de la Escuela de Arte
Teatral del INBA: Mauro Dau. Esto en lo que se
refiere a temporadas patrocinadas.
Dentro de los locales comerciales, también
hubo de todo, además de los consabidos vodeviles del Teatro Arlequín -como La
pícara Cocó y ¿Cuándo se casa usted con mi mujer?-,
en el Teatro del Músico -Cita de amor- o en el Teatro
Principal -La pequeña choza-; se representaron comedias ligeras como La
pareja dispareja en el Teatro Manolo Fábregas; comedias policíacas,
como Testigo hostil -en el mismo teatro- o Cuando oscurezca en
el Teatro de los Insurgentes; melodramas, como Alcoba
nupcial y otras que absorbieron a actores de la calidad de José
Gálvez y Aarón Hernán.
Pero además, hubo otros montajes más
ambiciosos, como los de: Acuérdate del ángel, de Thomas
Wolfe, dirigido por Fernando Wagner; Nueve para Hamlet -paráfrasis de la
obra de Shakespeare, dirigida por S. Surió- El Diablo y el buen Dios-, [sic] ambas en el Teatro Xola. Puñalada por la espalda de
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diorama teatral
balance
de 1966
por mara reyes |
Clifford Odets, dirigida por Retes.
En mi opinión, la justicia es tan
imposible como la ubicuidad y equivale a ella, pues habría que situarse en
todos los ángulos al mismo tiempo, para poder ver un prisma por todos sus lados
a la vez, sólo de esa manera podría tenerse una visión total, y aun así, se
está a merced de la luz, cuya intensidad puede distorsionar nuestra visión y a
merced de tantos otros factores, por ello, al hablar de “lo mejor del año”, me
atengo a mi propio gusto, no por razones de justicia, sino de personal opinión.
De los directores de escena
Al juzgar el trabajo de un director de
escena, no se ven únicamente sus propias dotes imaginativas o sus conocimientos
técnicos sobre la materia, sino el resultado obtenido de todos los elementos en
juego. En mi opinión, fueron dos los directores -y equipos por ende- que se
llevaron la palma este año: Héctor Mendoza, por Don Gil de las calzas verdes y Alexandro Jodorowsky (ya
parece rutinario decir lo mismo de él cada año) por Escuela de bufones y El
ensueño. Cada uno de estos directores, poniendo en juego un estilo
personal y explotando ambos vetas diferentes pero igualmente ricas, consiguieron representaciones paradigmáticas de nuestro
movimiento teatral.
Además de estos directores, destacaron
Rubén Broido (La colección); (¡Libertad...
Libertad!); Ludwik Margules (La trágica Historia del Doctor Fausto);
Carlos Barreto (El amante); Juan José Gurrola (El
teléfono y Emilio y Emilia, aunque éstas fueron
óperas de cámara y no obras de teatro) y aquí trunco la lista pues.
Es generalmente cuando se liquida un año y
sobreviene el momento del “balance” cuando se da uno cuenta de la gran cantidad
de actrices -y actores-excelentes con que cuenta nuestro teatro, es como
escoger entre cien gotas
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de agua, la más transparente, todo depende del momento en que se vean. Todo
depende también de la obra en la que aparezcan, pues unas obras se prestan más
que otras para el despliegue de la capacidad histriónica. Pero tratando de
llegar a una conclusión, me parece a mí que María Teresa Rivas obtuvo los
mayores galardones con El ensueño, además de muchísimas
otras que realizaron excelentes interpretaciones.
Lo mismo que de las actrices podría
decirse de los actores, es difícil la decisión, pero después de mucho barajar
nombres, quedan sobre la mesa los mismos que han destacado otros años: Carlos Ancira, por El ensueño (sin contar desde
luego, las reposiciones de obras estrenadas en años anteriores, como El
diario de un loco) y Guillermo Zetina, por Escuela
de bufones, obra en la cual sobresalieron Sergio Ramos y Farnesio de Bernal).
Fascinante verdaderamente fue la
escenografía de Arnold Belkin,
en Don Gil de las calzas verdes, así como la de Alejandro Luna en La
trágica historia del Doctor Fausto, ambas obras realizadas dentro
del mismo local del Frontón Cerrado de la Ciudad Universitaria.
Entre los directores, fueron una
revelación, Ignacio Sotelo -por Tripas de oro- y
Roberto Dumont por su puesta en escena de dos obras
de Teatro Noh japonés.
Entre las actrices, lo fueron, Marta
Navarro, al interpretar el Don Gil de la obra de Tirso de
Molina, y Lilia Aragón, en su personificación de Frumencia de Tripas
de oro, de Crommelynk.
Entre los actores, Mario Casillas, por sus
interpretaciones en El tejedor de milagros, en Yo
también hablo de la rosa y en La colección.
También Sergio Kleiner, en Viento en las ramas del sasafrás y Joaquín Lanz, en Don Gil de lascalzas verdes, Cuestión de narices y El
principito.
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