diorama teatral
balance
de 1966
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Teatro mexicano A pesar del denodado esfuerzo del INBA, por llevar a escena teatro mexicano, casi todo lo representado fue reposición y el número de estrenos de obras de nuestros autores fue tan reducido como en años anteriores: Un joven drama, de Fernando Sánchez Mayans; Yo también hablo de la rosa, de Carballido (ambas puestas en escena en el teatro Jiménez Rueda); El tejedor de milagros, de Hugo Argüelles; Ante varias esfinges, de Ibargüengoitia; Punchómeto de José Estrada; ¿Quiere usted comprar un pueblo?, de Andrés Lizárraga (las tres en el teatro Comonfort); Cuestión de narices, de Maruxa Vilalta, (en el teatro Del Granero); ¡Silencio! Locos trabajando (o ¡Silencio hospital!), de Héctor Ortega, (teatro Virginia Fábregas) y muy probablemente algunas otras que no recuerdo o que no vi, pero con seguridad, no muchas más. |
y forma, de los pintores contra la escuela mexicana de
pintura, y de los nuevos compositores,
contra el “nacionalismo” musical. Y
esto no es coincidencia, es fruto consecuente de una necesidad común de buscar la expresión que sintetice (valga lo traído y llevado de la frase) nuestro momento histórico.
Ha pasado la
época de las “tías y beatas” en nuestro teatro, no porque ya no existan en nuestro
medio tales tías
y tales beatas, sino porque otros problemas más urgentes reclaman la atención de los dramaturgos, problemas que no pueden ser tratados en la forma, hasta cierto punto simplista, del realismo, pues sus implicaciones
afectan a otra realidad que no es la
puramente aparente.
Ahora bien, surge
la pregunta crítica: ¿este
teatro, bueno o malo, pero de búsqueda sincera, ha tenido una respuesta de apoyo entre el público masivo de México? Para responder a esto habría que deslindar “las masas”, que por fácil deducción no pueden englobarse dentro de una misma entidad sociológica, y encontraríamos que el primer
problema que se plantea es el de que la
respuesta difiere, “según el sillón del local donde se sienten”. Si en un local “destinado” a la burguesía se monta una obra de
tipo popular, el resultado es negativo. Si en un local frecuentado por estudiantes, se escenifica
una destinada a la burguesía frívola, el
resultado también es negativo. Así pues, es difícil aquilatar las respuestas de los públicos. Pero puede decirse que quienes más han apoyado, por ejemplo, las representaciones del
Teatro Jiménez Rueda, han sido los
conglomerados [de] estudiantes, así como en
el Teatro Virginia Fábregas, un público ecléctico -parte popular, parte estudiantil, parte
burgués- ha respondido afirmativamente a la obra de Héctor Ortega.
Lo
que sí salta a la vista es que numerosos grupos teatrales que brotan aquí y allá, se desintegran por las dificultades económicas, cuántas
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