dispuesto al
sacrificio, y que al casarse con
ella se rescata a sí mismo,
haciéndose perdonar, con tal
acto de caridad y bondad, sus
errores pasados.
No
podía faltar el muchacho justiciero -forastero misterioso- que con una mirada
se gana el corazón de “la muchacha”.
Y, por supuesto, llega
el final feliz, después de
confesiones entre los padres,
llenas de ternura, con el triunfo
de los buenos sobre los malos
-que siempre resultan ser
los apaches-; y de la virtud sobre la maldad,
coronada por la riqueza que
les cae del suelo (petróleo),
más que del cielo.
La
ironía campea a todo lo largo
de la comedia, y los elementos
de sorpresa se sobreponen con
insistencia, tales como: los
anacronismos -como aquel en
que el médico dice que
si ya se hubiera inventado la
penicilina Miriam se
salvaría- o las parrafadas en
verso que dice la prostituta -como
aquella en la que narra la
aniquilación de la ciudad de
la cual ella es única
sobreviviente, y que recuerda
paradójicamente a los mensajeros
de las obras de Esquilo o de
Eurípides, contando las
hecatombes de una guerra o la
desaparición de Troya.
Para la
representación, Fernando Wagner contó con muy buenos elementos, de entre ellos sobresale un actor a quien
recientemente vimos en La pícara Cocó, en el Teatro Arlequín, quien, aunque en aquella
ocasión no tuvo oportunidad de lucimiento, ya dejaba ver sus posibilidades, me refiero a Sergio Kleiner, quien en esta obra hace una
creación de su personaje. Si bien es
sabido que los papeles de borracho
son muy “agradecidos”, la
originalidad de su interpretación y el
perfeccionismo con que está trabajado el personaje revelan en Sergio Kleiner una
categoría nada común. Es de los actores que saben crear un clima escénico y mantenerlo
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durante todo el tiempo que permanecen en escena, aunque no digan una sola palabra. Encadena de tal forma sus reacciones que da la impresión, como los dibujos de Elvira Gascón, de estar hechos de una sola línea. No hay un solo quiebre, ni una pequeña mancha fuera del dibujo lineal.
Con
otras características, pero igualmente eficaces, realizan sus respectivas interpretaciones Fernando Mendoza -en un papel totalmente distinto del último que le vimos en Álbum
de Familia-; Elsa Cárdenas, quien se desempeña con toda desenvoltura;
Ángel Pineda -al que siempre he considerado como un magnífico actor un tanto desaprovechado por los directores y que en esta obra tiene tres escenas a las que saca el mayor de los partidos-; Carolina Barret -en el papel de la madre vidente-; Rosa María Caloca -en
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el papel, nada fácil, de la prostituta
redimida-, y Enrique Aguilar,
el muchacho bueno y
valiente de la película... perdón, de la comedia. Muy otro es el caso del joven Miguel Bravo, quien en su afán de actuar para el público, acaba por echar a rodar su personaje, debido a la total artificialidad de sus reacciones.
La
escenografía de David Antón no sólo
es la más apropiada para la
obra, sino que otorga una atmósfera a ese cuadrilátero tan difícil de “aclimatar” que es el escenario del Teatro del Granero.
El
trabajo de Fernando Wagner es digno de
elogiopor la finura
con que abordó la sátira, así
como el de Wilberto Cantón, ya que la traducción
presentaba serios escollos, tanto por las tiradas versificadas, como por los juegos de palabras
puestos en boca de los indios “Ojo de Perdiz” y “Ojo de Lince”.
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