para el público, la opacidad en transparencia.
Esta mutación se efectúa sirviéndose de todos los recursos; concretando, me referiré a dos ejemplos: el breve interludio en el que aparece la fiesta de los burgueses, no como es, sino como los instintos reprimidos de los que en ella participan, quisieran que fuera. Y la otra escena, no sólo de gran eficacia crítica sino dramática, en la que los burgueses encumbran, por divertirse, a los
sirvientes; prestándoles, cada quien, un atributo simbólico del poder, para inmediatamente después, retirar lo que cada uno
prestó, devolviéndolos, entre
burlas, a su condición servil.
Todo sirve para la caricatura y la parodia: los gestos, las entonaciones de voz, la música. Es de recordarse la canción final de Adolfo, en la que está resumida la
parodia que va desde el seudorromanticismo de las arias de ópera, hasta el no menos artificioso sentimentalismo de los “baladistas” actuales.
Alain Knapp -director de escena-, Jack Lang -director del grupo- y su equipo de colaboradores, al explicarnos los meses
de preparación que les llevó
la escenificación y al contarnos los muchos ejercicios a que tuvieron que someterse
y las numerosas tentativas que tuvieron que hacer antes de encontrar lo justo en cada uno de los aspectos de la
representación,parece que
trataran de justificar su éxito, como si el éxito tuviera que justificarse. La consecuencia
de sus esfuerzos
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está ahí, ante nosotros, pero yo prefiero explicármela por el talento.
Desde luego que han buscado, trabajado, experimentado, pero el resultado es, finalmente, lo que importa. Y el resultado es óptimo. Por otra parte, el Teatro Universitario de Nancy, con esta representación, hace el redescubrimiento de un autor, Henry Monnier, el olvidado creador de un tipo tan característico de su época, como lo fuera Tartufo de la suya. Me refiero al personaje Joseph Prudhomme (que aparece ya en boceto en esta comedia, para quedar definitivamente enclavado en la literatura con la obra Grandeza y decadencia de monsieur Prudhomme), que se encuentra un poco por todas partes, pero particularmente entre la pequeña burguesía. Monnier, al ridiculizar -en su teatro y con sus dibujos caricaturescos- a una
sociedad y al artista que queriendo escandalizar a una sociedad, acaba por hacerle su juego y servirla, estaba firmando su propia “sentencia de olvido”; pues la sociedad, resentida, tenía por fuerza que ejercer la venganza. Es pues, justo que el Teatro Universitario de Nancy haga
volver los ojos hacia ese excelente critico (comediógrafo, actor y dibujante) que fue Henry Monnier.
Me parece inútil hablar por separado de la música, o de la escenografía, o de los actores, pues se trata de un trabajo de equipo, en el que cada uno da su aportación y lo que vale es ese logro conjunto
del que
todos son cocreadores, copartícipes y corresponsables.
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