diorama teatral
el
amante
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Teatro Coyoacán. Autor, Harold Pinter. Dirección, Carlos Barreto. Escenografía, Marcelo Morandin.
Producción, Jorge Godoy.
Reparto: Sergio Verduzco, Teresa Selma y Carlos Barreto.
El Centro Cultural Coyoacán, acaba de estrenar
por primera
vez en México, El amante de Harold Pinter, uno de los autores más
representativos del teatro del
absurdo en Inglaterra. Desde sus primeras
obras, escritas en 1957, su camino ha
quedado señalado decididamente dentro de esta escuela teatral, pero con diferencias
notorias con los primeros creadores
de esta corriente. En El guardián -que fue escenificada por Xavier Rojas en 1963-, encontramos todavía ciertos titubeos, el autor aún no se lanzaba a fondo, pero ya dejaba adivinar al Pinter que escribió el espléndido guión cinematográfico para el filme de Joseph Losey : El sirviente.
Su teatro no es de símbolos, es teatro de enigmas; enigmas que nunca se resuelven, enigmas
que ni siquiera se plantean, sino
que simplemente existen. Están frente a nosotros, no como algo insólito, sino
como algo cotidiano. No es
necesario buscar lo irracional
-parece decir Pinter- con sólo abrir los ojos a la
realidad, nos topamos con ello.
Al ver El
amante no podemos dejar de relacionar la obra con El sirviente por el mecanismo, por la atmósfera, por el juego de valencias e identidades.
Hay una idea generadora de
todas las situaciones planteadas por el autor, que originan una serie de constantes en sus obras, sea en la delineación del Guardián-Preso, sea en la del Marido-Amante, sea en la del Sirviente-Amo. Esta idea podría traducirse, como un ansia de liberarse del claustro de la
identidad, dada por la obligación
social, o por la obligación amorosa
o emocional. Pinter nos dice sin mucha oscuridad, que en todo
sirviente está implícito un amo; en
todo marido, un amante; en todo asesinado un criminal (como en su obra El camarero mudo); en todo preso, un guardián, y siguiendo por este camino, llegaríamos incluso a encontrar, que en toda mujer hay implícito un hombre; y en todo hombre, una
mujer.
En El
amante, la mujer, engaña al marido con un amante que es el propio marido, y él, engaña a su vez a la esposa, con una amante, que es la propia esposa. De pronto los horarios que daban identidad diferente a la pareja, se rompen y, así como el Dr. Jekyll se convierte en monstruo ya sin ninguna droga, así, ellos, pierden el control
de su conducta normativa y, cuando
debían ser esposos, se convierten en amantes, ya sin rituales, sin
previo acuerdo.
La pareja que huía de la realidad, para crear otra a su arbitrio, se
ve arrastrada por la irrealidad, se sumerge
en ella, y acaba por quedar cada uno atrapado en su propia fantasía. La
función -prevista- de las tijeras, manejadas por el lechero, se cumple, obligando
a cada uno a permanecer en mundos
distintos y distantes. El marido, ve
en la sábana que los cubría su idealizada realidad. Queda con su
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carga emocional dirigida hacia sí mismo, en una actitud de
franca soledad erótica.
¿Pero qué quiso decir el autor?
¿Quiso plantear la relación conyugal
como una asociación crítica?
¿Cómo una liga que
conduce a la depravación? ¿Cómo una realidad imposible
de sostener? O bien, ¿quiso
presentar la convivencia humana
como un sueño irrealizable y el amor como un desdoblamiento de la propia identidad, como una transferencia del
propio “yo” en uno ajeno, que acaba
por devolver a cada uno a sí mismo?
Adivinamos, más por la sensación que
por el conocimiento, que el autor
denuncia, entre otras cosas, las
imposibilidades humanas de relación,
pero, ¿a cuáles de éstas se refiere
en especial? Todo es posible, puede
referirse a todas a la vez. Es el
espectador quien tiene la última
palabra; el espectador -cada uno- creará con su propia sensibilidad la consumación de la idea del autor.
La
dirección de escena estuvo
a cargo de Carlos Barreto, quien supo proyectar con limpieza e inteligencia el texto, nada
fácil, de Harold Pinter. La pantomima de manos -que inaugurara Alexandro Jodorowsky-
se aclimata con esta obra, dentro del teatro.
Su manejo de luces y de los objetos
escénicos -como la mesa, bajo de la cual se realiza una de las escenas- es de un valor sugestivo inestimable.
Puede calificarse de magnífica la
concepción del montaje, tanto por lo
que toca a la dirección, como a la escenografía de ingeniosas soluciones,
realizada por Marcelo Morandin.
Carlos Barreto contó además
con un actor de primera línea: Sergio Verduzco, cuya inventiva
en la interpretación vale una
fortuna; no sólo se ajusta
estrictamente a la atmósfera de
cada situación, sino que crea esa atmósfera y la va moldeando a su arbitrio. Es el actor-creador, que va configurando el ambiente que lo rodea; que
al transfigurarse, lo hace como una consecuencia
de la mutación interior y que con ella
transforma a su vez la atmósfera que priva a su alrededor.
Teresa Selma,
ajustada a su papel,
apoya a Verduzco en todo momento, pero tiene en su contra un
sonsonete en el matiz
de su voz. Sería muy conveniente que ella solucionara esta
deficiencia que mengua la calidad de su interpretación;
interpretación que, por otra parte, tiene numerosos aciertos.
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