proceder un día traicionando sus conceptos actuales, le repugnan las transacciones que él mismo llegará
a efectuar bajo condiciones
que todavía desconoce. El viejo trata de comprender
al joven que fue, o más bien, a los Sames que ha sido, dado que se ve cuadruplicado, centuplicado; busca al culpable del derrotero de su vida y lo encuentra en todos, especialmente en el inexperto Sam de
los 20 años.
La obra parte
de la premisa de que antes de la muerte, la vida pasa por la memoria y el hombre, ya en su hora postrera,
aprende a estar solo, sin el
sostén de la ilusión irrealizada -que simboliza Miriam- y sin la figura del padre, al cual renuncia finalmente a juzgar, para tratar de comprenderlo. El hombre está solo frente a sí mismo -todos los sí mismo que ha sido-
descubriéndose no sólo mártir (de la esposa, por ejemplo) sino verdugo, también y hasta entonces se encara sinceramente con él mismo.
Salvo minucias -especialmente en el tercer acto, que se advierte menos trabajado por el autor-, como el
que la edad del hijo no corresponda, y una que otra breve escena un tanto melodramática, la obra, con su juego de tiempos barajados con gran precisión, está plenamente lograda.
Maruxa Vilalta hizo muy bien
en dirigirla en forma realista, dado
que así es el tratamiento que el autor da a la
obra, y sólo en apoyo de ciertos
momentos, utiliza la iluminación
como factor dislocante de la realidad. Supo dar a Sam y a Estela sus caracteres distintivos, determinados por las diversas eventualidades que
viven en cada una de las etapas de sus vidas. Mayor es el mérito de la dirección, por cuanto que casi no tuvo apoyo en la escenografía y en
el vestuario. Éstos no
alcanzaron a crear la atmósfera londinense,
pero Maruxa logró
salvar el obstáculo
enfocando su juego escénico hacia
el problema humano, que es en la obra el elemento
primario y no hacia el localista que es totalmente secundario.
Así pues, la atmósfera de la
obra estuvo en manos de los
propios actores. José Baviera
interpreta al escritor Sam, cuando éste se halla casi
al cabo de la vida; y con una actuación llena de
verdad, proyecta todo el mundo interior de Sam. Las palabras le sirven como complemento
para expresarse como personaje, lo
que revela la plena
identificación: actor-personaje.
Carlos Monden crea la imagen
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del escritor en mitad de la vida. Su idónea interpretación nos pone al tanto de las últimas preocupaciones del escritor, y lo descubre todavía sujeto a muchas oscilaciones, a los vaivenes de sentimientos hondos, entre dudas profundas y certidumbres que cree inderrumbables.
Fernando Mendoza representa
en cambio sólo la faceta superficial
del personaje, la del hombre de pasiones vulgares, a quien no se puede imaginar en
sus horas de trabajo literario,
y Héctor Bonilla expresa
cabalmente el espíritu juvenil
del personaje, la rebelión
frente a un mundo que todavía
no comprende. También fue
acertada su interpretación de Tommy.
Magníficas las actuaciones de Angelines Fernández
y Susana Alexander. Ambas
dan intención a sus parlamentos y
hacen palpable la doble dimensión
del personaje de Estela: de
ilusionada -antes del matrimonio- y de
frustración y
resentimiento -después de casada-. Con
gran naturalidad y sin llegar jamás
a la caricatura, desempeña Susana Alexander el
papel de Alicia
Cumplen bien con su cometido
Eva Calvo y Diana Garí en
personajes episódicos. El único
que se despega del conjunto es Manuel Zozaya, cuya actuación adolece de insinceridad, su
personaje parece un traje
prendido con alfileres.
Se trata pues de una obra de
gran interés y de un éxito más
de la activísima Maruxa Vilalta.
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