diorama teatral
don gil de
las calzas
verdes
por mara reyes |
Frontón Cerrado de la Ciudad Universitaria. Autor, Tirso de Molina. Dirección, Héctor Mendoza. Escenografía, Arnold Belkin. Músicos: Luis Heredia, Joel S.
Espinosa y Fernando Herrera. Reparto: Marta
Navarro, Héctor Cruz, Flora Dantus, Joaquín Lanz, Mabel Martín, Adrián Ramos, Alejandro Morán, Luis Torner, Miguel Ángel Zevada, Francisco
Guerra, Jesús Ayala, Fernando Becerril, Roberto Trejo, José Luis Cerrada, Sergio Candia, Agustín Pérez
y en lugar de Luis Miranda,
el propio Héctor Mendoza.
Lo que hubiera aplaudido Meyerhold de haber presenciado la realización que ha hecho Héctor Mendoza de Don Gil de las calzas verdes. La biomecánica, la pirueta circense, la pantomima arlequinesca, baile, canto, música, patines, acrobacias y muchas cosas más, han sido puestas al servicio de una obra clásica que la revive con eficacia. La inventiva de este talentoso director confiere a la obra de Tirso una nueva vigencia y hace de la comedia de ayer una comedia de hoy. Si una comedia nace por la necesidad de poner en evidencia a determinados personajes, de un determinado medio, el paso de los años hace que tal comedia quede como pieza literaria de museo. Lo que ha hecho Héctor Mendoza es sacarla del museo -aunque muchos opinen que es un acto sacrílego- y hacerla funcionar nuevamente como mecanismo vivo. Es como sacar de la vitrina un Stradivarius empolvado y hacerlo vibrar bajo el arco, para lo cual fue construido. Los museos embalsaman, no prolongan la vida.
Héctor Mendoza disloca los elementos, los retuerce y añade nuevos colores a la
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comedia. Si
el fraile mercedario expuso
engañosos dolores en una picota,
Héctor Mendoza sumerge, como un
biólogo, estos dolores engañosos en nuevos campos de cultivo o caldos propicios, de manera que cambia la forma de “la picota”.
(Ejemplos de ella es el tango, usado
en la escena entre Elvira e
Inés).
Esta
es de las escenificaciones en que la
dirección no se explica sin la
escenografía y viceversa, tal
es la estrecha vinculación
que existe entre ellas. Así pues, la escenografía
y vestuario de Arnold Belkin, no puede separarse de la labor de Héctor Mendoza. Y a su vez, estos dos trabajos no
pueden verse como algo aparte de las
actuaciones de todos los que
toman parte en esta
realización.
Es
como entrar a un mundo mágico,
como llegar a una juguetería y
descubrir que los muñecos
gozan y sufren y se conmueven,
hasta donde su alma de
muñecos les permite gozar
y sufrir y conmoverse. Es la
juguetería en movimiento,
con sus colores pastel, sus artefactos caprichosos,
sus títeres que se doblan,
bailan, corren -desarticulados,
obedeciendo a su manera
a los hilos que los mueven- lo que
tenemos delante de
los ojos. Y en los oídos, el deleite de los versos de Tirso de
Molina, que cobran nuevo
significado en ese mundo de
muñecos que no por ilusionista,
deja de ser retrato
caricaturesco de un mundo cuyos
personajes se creen sin hilos ni titiriteros.
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La actuación de esa excelente
actriz que es Marta Navarro es una
revelación auténtica, no obstante, más exacto sería hablar de una “revelación conjunta”, pues es toda una generación de actores la que se
descubre. Los logros de Flora Dantus, Mabel Martín, Joaquín Lanz, Héctor Cruz, Alejandro Morán, Adrián
Ramos y de todos los demás son
innumerables. Y otra
revelación importante es la
del público que abarrota las
localidades y con cuyo concurso se
avala todo movimiento teatral.
Están pues sentadas las bases de una nueva etapa escénica, en la que todo reluce: la brillante dirección escénica, la escenografía, los intérpretes y un público que apoya el espectáculo.
Se
trata de un trabajo en equipo, en
perfecta armonía, en conjunción y
no en yuxtaposición, en el
que se pone de manifiesto un
dominio técnico del arte
teatral y un buen gusto a toda prueba. Modernizar
los elementos escénicos o
interpretativos al montar una
obra clásica, es una tentación
para muchos directores, pero pocos son los que llegan a la plena consecución de su objetivo. Héctor Mendoza -joven director y
ya plenamente maduro-, Arnold Belkin y
todos los actores -en su mayoría
egresados o alumnos
todavía, de la Escuela de Arte Teatral de Bellas Artes- pueden sentirse orgullosos de
esta realización.
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