Casa de la Paz., Estreno: 27.III.66. Autor, Strindberg. Paráfrasis y dirección, Alexandro Jodorowsky. Escenografía y trajes: Jorge Manuell. Muebles y máquinas, Peter Knigge. Al clavecín, Luisa Durón. Voz del Robot y de Indra, Jebert Darién. Reparto: Carlos Ancira y María Teresa Rivas.
Desde que se tuvo noticia en el medio teatral de que se estrenaría una paráfrasis de Alexandro Jorodowsky, sobre El ensueño de Strindberg -hace aproximadamente seis meses que se preparaba- había expectación por este acontecimiento. El ensueño es una de las obras cumbres de la literatura strindbergiana- -para mi gusto personal, la mejor-. En ella, el autor, puso en la balanza de la verdad, todos los valores humanos, todas las ilusiones y frustraciones que el Hombre padece. Reducir sus cuarenta y tantos personajes a DOS, era una empresa que implicaba muchos riesgos. Tal reducción condujo a Alexandro, a escribir escenas enteras partiendo de una sola frase del texto original, a comprimir escenas a una sola frase. Completó imágenes literarias -como la de la red y el huerto, la del diccionario y la de “los papeles”- agregó escenas, tan eficaces, como las del cojo y su mujer, y suprimió otras -como las de los carboneros del Estrecho de la Vergüenza-. (Sobre otros detalles técnicos de esta versión, remito a los lectores interesados, el Boletín de la Casa de la Paz -Vol 2 No.6- que contiene la programación del 21 de marzo al 3 de abril, de ese centro de cultura).
Es natural que al escribir tales escenas, en algunas de ellas, -como en las de Isla Bella-, predomine el espíritu de Alexandro, sobre el de Strindberg, pero en general, el autor de la paráfrasis, con muy buen gusto, mantuvo el paisaje síquico pintado por el dramaturgo.
Si ordenáramos en ciertas celdillas temáticas, el acervo
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diorama teatral
el
ensueño
por mara reyes
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de símbolos empleados por Alexandro, como director, encontraríamos que forman una
filosofía que conjuga valores de
orden metafísico y sicológico. Y dentro de estos órdenes, encontraríamos también, un mecanismo ecléctico que entremezcla estimaciones míticas de diversas civilizaciones, con predominio de las orientales -budismo zen- sobre las occidentales; y dentro de los sicológicos, podríamos hallar ideas freudianas, barajadas junto a otras de Jung.
La escenografía, respetando
lo que dijera Strindberg de
que “las decoraciones laterales
que permanecerán en todo el drama
serán frescos estilizados”,
está formada con cuadros en
collage y fue realizada
extraordinariamente por Jorge Manuell, quien
creó una atmósfera de misterio, reforzada con la iluminación y con el constante sonar del clavecín, ejecutado, magistralmente,
sobre la escena, por Luisa Durón. A esta atmósfera contribuyeron también de manera análoga, los muebles -si es que así se les puede
llamar- de Peter Knigge,
que tanto recuerdan los aparatos que aparecen en las pinturas de Remedios Varo, entre ellos, el más bello, es quizá
el sui géneris patín-muleta del cojo.
Y dentro de esa atmósfera de
mundos plásticos, Carlos Ancira y
María Teresa Rivas son las figuras
que dan a la pintura su
infinitud metafísica. No se
trata de tasar las dificultades a las que tuvieron que enfrentarse por ese constante
cambio de personalidad -cada uno interpreta
aproximadamente veinte personajes-
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lo que es en sí un alarde técnico y sensitivo, sino
de evaluar su labor en tanto que
realización estética.
Carlos Ancira es
en la pintura: el horizonte y lo cercano;
y María Teresa Rivas es a
la vez el fondo de su propia figura.
Cada una de sus personificaciones
está en simbiosis perfecta con
las demás, favoreciéndolas,
enriqueciéndolas. Por
concordancia, por antagonismo,
por asociación, por
divergencia, por fusión, por
desintegración, cada personaje
de los que encarnan completa a los demás y hace variar nuestra perspectiva para verlos, de tal
manera que, haciendo un
personaje, Ancira descubre otras caras de los personajes ocultos, y María
Teresa Rivas, cubre esos rostros y
descubre otros, y así, como en
un juego caleidoscópico, van formando, con los mismos personajes, diversas figuras, siempre nuevas, siempre distintas -en cuanto que se distinguen unas de otras-, y siempre diferentes -en cuanto que difieren entre sí-.
Los actores nos llevan a través
del tiempo, con una encadenación en la que el presente,
el pasado y el futuro, son indiferenciables,
en la que, se
retroceda o se avance, el tiempo parece no fluir. Ellos
son capaces de crear esa
sensación indescriptible de la ubicuidad. El espectador se siente colocado en todos los
puntos y en todos los tiempos
simultáneamente. Y eso, sólo dos actores
de la talla de Carlos Ancira y María Teresa Rivas podían conseguirlo.
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