diorama teatral
plutarco 66
por mara reyes
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Teatro: Club de Periodistas de México.
Concepción escénica y dirección, Severo Mirón, Filmación y
grabación, Héctor Villacencio. Actriz: Adriana Roel.
La
idea de montar un espectáculo a base de decir textos
epistolares no es nueva en México. Ya
Dolores del Río e Ignacio
López Tarso se
embarcaron alguna vez en una aventura de esta índole, sólo que las cartas pertenecían
únicamente a dos personas, quienes las escribieron en
diferentes épocas de su vida (una
de esas dos personas era Bernard Shaw). Pero
“decir” el texto de cartas
escritas por varias manos femeninas,
como lo hace en esta ocasión
Adriana Roel, según la concepción escénica y la dirección de Severo Mirón, sí es una
novedad.
Los
textos de las cartas corresponden
a mujeres de la más variada
condición y fueron escritas en
las más diversas
circunstancias. Sus firmas son de: Manuelita Sáenz
-amiga de Simón Bolívar-; Mariana Acofforado -una monja seducida y abandonada-; Bettina de Armin -admiradora
amorosa de Goethe-; la “Güera” Rodriguez -que
le escribe al barón de Humboldt-; Eloísa -la
de Abelardo-; y Ninón de Lenclos -la
cortesana del siglo XVII,
famosa por su ingenio y su
belleza-.
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director,
sólo que el abuso del mismo
mecanismo, hace que éste pierda su eficacia.
Las cartas están bien seleccionadas,
ya que por su tono, su tema y las
características de quienes las escriben, dan diversidad a los monólogos y se prestan para que
una actriz luzca su capacidad de mudanza. Pero como toda transformación no motivada por la dinámica interior de un personaje y sólo apresurada por una
exigencia formal, dicha transformación deviene convencional.
En los cambios de personalidad de Adriana Roel vemos su “oficio”, sus recursos histriónicos
y sólo en la interpretación de una de las cartas consigue traspasar la barrera formalista, introduciéndose en el espíritu de la protagonista. Cuando la actriz se convierte en la monja despechada se olvidan
los recursos de la comediante, para dejarse
llevar por la emoción de “una
mujer” de la que ya no
importa si su nombre es Adriana Roel o Mariana Acofforado. En ese monólogo, la actriz pierde su dimensión comprometida a un personaje, para
adquirir la dimensión del arte, en la que el compromiso se vuelve identificación y expresión plena de un alma humana.
El vestuario, diseñado para
sugerir la personalidad de cada una de las componentes de este “hexaedro
sentimental femenino”, si bien es funcional -para la rapidez de los cambios a que obliga el espectáculo- es
deficiente en su realización. Adriana Roel tiene
que luchar constantemente para
que el público no perciba
tales deficiencias, lo que acaba por distraer a les espectadores o bien reprimir a la actriz.
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