diorama
teatral
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ya que representa la acción de un hombre que se enfrenta con una verdad que lo lleva a
despojarse de su propio
individualismo para convertirse
en un portavoz del dolor del hombre que es privado de su condición humana. La lucha del personaje
protagónico contra el destino -que como dijera Heráclito “la forma de
pensar de los hombres es su destino”- encarnado por los españoles a los que su fiebre de oro conduce a usar a los indios como mercancía, lo hcee un héroe trágico. No es la autodestrucción del protagonista trágico una característica ineludible, sino su lucha en sí por encontrar y tratar de establecer una verdad. Recuérdense las palabras
de Buero Vallejo que ha dicho que “el escritor trágico lanza con sus obras su anhelante pregunta al mundo y espera, en lo profundo de su corazón, que la
respuesta sea un sí lleno
de luz”. Nada más evidente en la obra de Retes que esta espera de un sí lleno de luz, que el final de su tragedia en el que fray Bartolomé
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solo -como El enemigo del pueblo trazado por Ibsen- sintiéndose abandonado por su Dios y sin señales que lo guíen en su lucha, decide continuar, combatiendo contra todo y contra todos, por conseguir que se establezca “el Bien” y se les
devuelva a
los indios su condición de hombres.
Sería prolijo enumerar los aciertos en la estructura de la obra y adentrarse en los detalles técnicos -coro, catarsis, etc.- que hacen de esta obra una tragedia moderna de gran alcance y que expone las fricciones internas de la Iglesia, integrada por hombres falibles y poseídos de intereses temporales, tal como la
tragedia de la antigüedad clásica exponía las debilidades y choques de los dioses de su mitología.
Por lo que respecta
a la puesta
en escena, Retes se mostró, como
director, sobrio
y cuidadoso. Para una obra recia, una dirección sin adornos que distrajeran del meollo de la acción.
Ningún detalle
que salga del marco, nada que sea superficial o innecesario. Y este mismo enfoque fue el del escenógrafo que se limitó a dar indicios de los lugares donde se efectuaba cada acción sin preocupaciones estilísticas rebuscadas, ni accesorias. Los mismos
actores, interpretaron sus papeles tratando de servir más a la obra que a la historia;
cosa indispensable para una
obra teatral que trasciende el retrato naturalista. Fue una actuación de conceptos más que anecdótica, de intelecto, más que de sensibilidad, lo cual, paradójicamente da a la obra una mayor contundencia
emotiva. El
trabajo de Ignacio López Tarso es, desde todos puntos de vista, excelente. Sobresalen Aarón Hernán, Antonio Gama, Ángel Pineda, Mario García González, Jorge
Mteoss, Álvaro Custodio, Jorge del Campo, aunque para decir verdad, el trabajo de todo el elenco, que por extenso no permite ser analizado con minucia, es ejemplar.
En mi concepto de mera opinante, Los hombres del
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cielo es una de las obras mejor logradas por el IMSS, dada la
calidad de la obra, de la dirección, de la escenografía y de la actuación. Es lo que se llama un equipo bien equilibrado.
México, 1900
Teatro Estudiantil de la UNAM (antes Arcos Caracol)
Dirección, Oscar Chávez. Escenografía, José Gonzá1ez Márquez. Reparto:
Francisco
Xavier Montero, Fortunato Lozano, José Antonio Rendón, Delia Luna, María Elena Gastélum, Hadassa Bronstein, Ricardo Talavera, Pedro González Rubio, Arturo Sámano, José de Jesús Gama, Silvia Jeat, etc.
El pintoresco espectáculo montado por Oscar Chávez y el grupo de Teatro de la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, trae a la memoria todo aquel mundo luminoso nacido
de las manos e ingenio de Vanegas Arroyo, con sus teatritos desarmables de telones y bastidores pintados, sus títeres en donde no faltaba el valedor, la bruja, los diablillos, el lagarto come hombres, el médico, el gendarme, los gachupines, el roto, el indito de guarache y sombrero de palma, la vendedora de chichihuilotitos vivos,
los lagartijos y tantos y tantos
personajes que
aparecían en sainetes, comedias para títeres y juguetes cómicos para niños que eran editados por él con ilustraciones
de José Guadalupe Posada.
Oscar Chávez seleccionó con gran acierto seis de aquellos juguetes cómicos y los hilvanó
en un espectáculo que se desborda de colorido, gracia e ingenuidad. El México de 1900, el
de sus calles que no el de
sus “palacios”, es revivido por un grupo de jóvenes que no llevan en el morral grandes conocimientos técnicos del oficio
teatral, pero
sí un inmenso entusiasmo, una desinteresada entrega y una indomable voluntad de servir al teatro, cualidades éstas que no son frecuentes y sí muy estimables.
De entre los actores sobresale Francisco Xavier Montero, un joven con
muchas posibilidades que sabe sacar partido de cada una de sus escenas y que posee ese don tan
preciado, inaprehensible cuando no se
tiene por naturaleza, que se llama ángel, además de sinceridad y vis cómica.
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