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Se alza el telón

Nuevo espectáculo de Contigo América: Costumbres

Malkah Rabell

El grupo uruguayo, Contigo América -que cada vez más adopta elementos mexicanos-, ha cambiado de sede. Cambió su anterior casa particular por otra, más amplia. Y nunca hubiese pensado que se puede uno divertir y gozar tanto de una representación realizada en el centro de una habitación, rodeados por 60 espectadores. También El Granero y el Polyforum Siqueiros son escenarios circulares, pero en ellos la división entre público y espectáculo es muy diferenciada. En la sede de Contigo América la separación entre ambos campos casi no existe, es más bien moral y psíquica que material. Y sin embargo, nunca existió el menor caos, el menor desorden. Toda la representación de la obra del dramaturgo uruguayo, Víctor Manuel Leites: Costumbres, basada en la novela Doña Ramona de José Pedro Bellan, es de una disciplina, de un orden y de una dirección de actores y de ambiente, perfectos. Se siente y se presiente la mano del director, Blas Braidot en cada gesto, en cada expresión, en cada movimiento de los intérpretes. Y no obstante, esta dirección tan apoyada nunca molesta, está llena de naturalidad, de espontaneidad y de algo que yo llamaría -creo- fuerza interior.

¿Se puede llamar esta Costumbres obra costumbrista? Creo que no. Para mi es más bien un drama psicológico y social. A veces el dramatismo llega a tal intensidad que parece melodrama. Pero tampoco ello molesta. El final nos lleva al clímax, para de repente caer en el silencio; y unas pocas palabras pronunciadas en voz baja, le ponen punto final; la familia de "gente bien", la familia burguesa ha triunfado, ha impuesto su voluntad a la compleja personalidad de Doña Ramona, la ama de llaves; ha destrozado una vida para siempre, de una manera irreversible. ¿Mas, qué importa? Se han salido con la suya, han salvado el nombre y la situación de una familia cuyo "abolengo" empezó con el padre gallego que hizo una fortuna, y continuó con el hijo comerciante, amigo y sostén de todos los gobernantes que saben imponer orden a la nación con mano de hierro.

Son cinco mujeres en el escenario y un solo hombre. Empezaré con el personaje más bajo en la escala social, pero en realidad

el centro del drama: la sirvienta Magdalena, que hace 20 años trabaja en la misma casa, que de repente, medio embriagada con el "chanti" del patrón, y medio desatada por el propio rencor que necesita lanzar afuera, explica quien fue el viejo "gallego bruto". En ese papel, Mari Paz Mata tal vez no fue del todo a la altura dramática de ese extraño personaje. Si yo fuera Raquel Seoane me quedaría con este papel, con el cual -si no me equivoco- se puede hacer algo muy sugestivo. Pero Raquel Seoane interpretó el papel de la hermana mayor, la solterona, la santurrona y dominante, que por rasgos de carácter perdió a su único novio. Estuvo estupenda. Convencía con todo sus cambios de carácter, sus cambios de personalidad, que a veces llega a la monstruosidad. También las dos actrices, Nilda Valencia y Mara Hernández, como las dos hermanas más jóvenes, convencían con su juventud y su absoluta entrega a sus papeles, una romántica y la otra demócrata, igualmente romántica. Una lee novelas no santas prohibidas en la casa, y la otra lee periódicos, tampoco admitidos. Como Doña Ramona, Rosalinda Barranco presentó a la perfección a esa joven neurótica que confunde con pasión su amor a Dios con su amor a la vida. Fue física y subjetivamente un material dúctil en manos de la dirección. En cuanto a Mario Ficachi, quizá sobreactuó un poco en el papel del hijo, el único varón de la familia que debe llevar las riendas de los negocios y de la casa, pero que se deja llevar por todo el mundo. El joven actor mexicano, empleaba con toda naturalidad y facilidad el lenguaje del Río de la Plata. Mas, sobreactuar es menester saberlo. Y Ficachi supo hacerlo, supo llevar con igual manera su carácter desde el principio hasta el final. Creó un tipo.

El espectáculo contó con un precioso vestuario muy fiel a los principios del siglo cuando se desarrolla la acción, debido a esa estupenda escenógrafa Félida Medina, que también se encargó de la escenografía fácil en apariencia, y difícil en realidad, con sus necesidades de permitir actuar con toda libertad en un espacio tan exiguo.

Y como punto final, diremos que fuera de Raquel Seoane y Blas Braidot, que son los únicos uruguayos, todo el resto del conjunto es mexicano.