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Malkah Rabell

Se alza el telón. Pasiphae, en el Museo Tamayo

Confieso que no me entusiasmó mayormente ver Pasiphae dirigida por Gurrola, después de haber asist ido a su Deseo atrapa do por la cola, supuestamente de Picasso. Gurrola desde ya bastante tiempo se ha dedicado a repetir situaciones. actuaciones y lenguajes frívolos, que ya me tenían -como a muchos- cansada y harta. Pero, ¡oh, sorpresa! esa breve tragedia en un acto de Henri de Montherlant -que tampoco es de mis preferidos- logró cavar hondo y emocionar al espectador. Y pese a todas las fallas, algunas simplemente debidas a una noche de estreno, cuando hasta la primera figura femenina dio un paso en falso en la oscuridad, y cayó; en tanto intervinieron ciertos elementos más dignos de un principiante que de un veterano con fama y gloria, como Gurrola, pese a todo ello, la obra, con su brillante texto y sus interpretaciones, se me impuso pese a toda mi subconsciente resistencia.

Uno de los más famosos escritores franceses de entre las dos guerras más conocido en el campo de la novelística que de la dramaturgia, Henri de Montherlant, siempre se ha considerado con derecho a cualquier cinismo, convencido de ser un elegido de los dioses, ajeno a esa "chusma" que llaman humanidad. Su Pasiphae, la madre del minotauro de Creta, que por voluntad propia ha elegido el amor de un toro, es un poco la voz autobiográfica del autor. La bella y joven reina de Creta, Pasiphae, según aclaraciones para la prensa: "encarna la determinación que conduce al acto en el cual se hermanan la fuerza del deseo y su dimensión inaceptable, el mundo trágico y la afirmación de las indómitas corrientes que gobiernan los actos de la vida". Esa "dimensión inaceptable" fue probablemente la mayor atracción para el dramaturgo, así como las "indómitas corrientes que gobiernan la vida", a las cuales Montherlant nunca dejó de considerar como los timones de su propia existencia.

El director impuso la voz del coro clásico a un solo interprete, a un solo personaje, Claudio Brook, cuya dicción clara y sonora pronunciación cubre las primeras escenas, en un escenario desnudo. Pero no logramos entender para qué un actor de tantos dones vocales ha de dejarse oir por micrófono, mientras se pasea en frac y descalzo por un escenario ocurecido.

¿Fantasías modernistas? ¡Convencen muy poco! En cambio, como convence ese diálogo entre la nodriza, encerrada como en una armadura medieval, que recuerda unas esculturas de Pedro Coronel, de la cual sólo su rostro emerge, y Pasiphae, a su vez cubierto sólo parcialmente en cuerpo por una extraña armadura metálica, que sugiere una escultura africana. Las dos intérpretes, Vera Larrosa, como Pasiphae a la que por primera vez veo a semejante altura, y Fuensanta Zertucho, como la nodriza, logran un espléndido mano a mano, jugando con las matices vocales que iban de los tonos más profundos y hondos, hasta masculinos, a tonos más ligeros y femeninos, como de soprano. En esta escena que casi ocupa la mayor parte del acto, sólo resultaba un lunar la presencia -por fortuna breve- de la niña Fedra, actuada por Laila Cohen, una jovencita sin experiencia escénica, sin voz ni técnica corporal. Y si algo molestó en esta representación, fue el final, cuyo caos no logramos explicarnos en manos tan experimentales. Cuando se apagaron las luces, dándonos a entender que el espectáculo toco a su fin, el público empezó a aplaudir. Más, he aquí que en la oscuridad, en tanto la música de Erik Satie seguía transmitiéndose por la grabación, unas vagas siluetas seguín moviéndose en el escenario. Y los espectadores volvieron a preguntar unos a otros: ¿sigue, o no sigue? ¿Ya se terminó o la obra continúa? Así continuamos esperando en la oscuridad unos diez minutos, hasta que la luz se encendió y subieron al foro los seis protagonistas de la tragedia, ya todos en batas elegantes. los diez minutos de espera se debieron a ese inutil cambio de vestuario, seguido de una igualmente caótica ceremonia de salutaciones al público. ¿Por qué y para qué?

Por fortuna, el espectáculo, con su brillante texto, un poco ya envejecido con su estilo de "poemas en prosa", su vestuario más del campo de las artes plásticas que dramáticas, su interpretación y con esa extraña dirección gurroliana que supo aprovechar las demás artes y aunarlas, todo ello presentó suficientes aciertos como para olvidar las fallas.