diorama
teatral
por mara reyes
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Grandes escenas del teatro universal. Teatro Hidalgo. Autores: Séneca,
Sófocles, Shakespeare, Jorge
Manrique, etc.... Reparto:
Ignacio López Tarso, María Teresa
Rivas y Pablo López del Castillo.
Con un amor a su oficio digno de todo encomio, Ignacio López Tarso y María Teresa Rivas han montado un espectáculo que han llevado de gira por la República antes de presentarse en México, donde figuran fragmentos de obras de autores de todos los tiempos, desde Séneca y Sófocles hasta Salvador Novo, Sergio Magaña y Ricardo
Pozas, pasando por Shakespeare,
Lope de Vega y Giraudoux con un complemento poético: las Coplas (por la muerte de su padre) de Jorge Manrique.
Todos sabemos que se trata de dos actores insignes y yo en lo personal reconozco sus méritos por su excelente actuación, pero en honor a la sinceridad, debo decir que la idea de un espectáculo semejante me parece
mala. También las compañías extranjeras
que nos visitan acostumbran esa forma de seleccionar
los fragmentos más notables de las obras dramáticas con objeto de hacer alarde
de su capacidad de metamorfosis. En verdad la actitud del público frente a este tipo de espectáculos me parece similar al cuento del traje del emperador, que nadie
se atreve a demostrar su disgusto por temor a parecer poco inteligente.
¿No es absurdo que de pronto un actor o una actriz engolen la voz, griten y se agiten,
sin que tales manifestaciones sean
consecuencia de una dinámica
emocional? Una obra dramática tiene un determinismo sicológico. Cada emoción tiene un porqué. Cada gesto debe ser generado por una situación. Si sólo se presenta un fragmento
de la acción, especialmente si es culminante de ella, todo suena a falso, a caricatura, a hipocresía. Es resaltar precisamente
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el fingimiento y
anular
la sinceridad.
¿Qué efecto nos produciría un concierto en el que los ejecutantes tocaran los
veinte o treinta compases culminantes
de una sinfonía y luego pasaran a otra y así sucesivamente? ¿No nos parecería
falso y ridículo? Hay en toda obra de arte algo que se llama unidad, y esta unidad tiene un principio, un desarrollo y una
resolución, sea de un conflicto
emocional, sea de un motivo musical.
¿Cómo pues privar a la obra de arte
de aquello que le es esencial? Si se
tratara de una obra que tiene por finalidad anular estos principios, ya se
vería si el experimento daba resultado o fracasaba, pero
privarla arbitrariamente no es admisible; tales obras no fueron hechas para ser destazadas. Es tanto como decir que el ropaje de un obispo es el obispo mismo.
¿Podría hacerse un recital de poesía recitando sólo dos o tres versos culminantes de cada poema? Una obra por breve
o larga
que sea lleva implícita una idea que le da unificación. Y al fin y al cabo lo que determina el valor de la obra es
precisamente esa idea. Una escenificación de fragmentos no lleva ninguna idea, no tiene unidad, es por esto que todo lo sucedido en el escenario me sonó a
hueco. Había un vacío tan grande en
las palabras y en las actitudes, una carencia
tan total de significaciones que las modulaciones y matices en las voces sólo
consiguieron molestarme.
¡Otra cosa bien distinta
sucedió con las Coplas! En ellas todo tenía un porqué, la emoción fue surgiendo como algo natural, sin falsedades, hasta llegar a un clímax. En las Coplas, López Tarso creció como un gigante, cada palabra tenía una razón de ser,
una existencia lógica. Todo el secreto
es por ahí, al decir un poema
completo, había unidad, había idea,
había emoción, todo tenía un porqué
y un para qué, un origen y una
finalidad.
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