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Crítica Teatral de Malkah Rabell: Escuela de las mujeres
 

 

Se alza el telón. La escuela de las mujeres a la mexicana

Por Malkah Rabell

Es extraño cómo Molière no envejece; cómo sigue haciendo reír a grandes y chicos, a intelectuales pretensiosos y a la gente más simple; y hasta a las feministas modernas tan fáciles de indignarse ante la misoginia de algunos autores clásicos. Y aunque adaptado a México de manera muy graciosa, no deja de ser el gran poeta tragicómico de la corte del Rey Sol.

En su libro: Las dos carátulas, SaintVictor escribe a propósito de La escuela de las mujeres:

"Los chinos fracturan los pies de sus mujeres para retenerlas en casa y obligarlas a ser fieles, Arnoldo intenta atrofiar el esspíritu de Inés para encadenarla a sus egoísmos y convertirla en sirvienta de su felicidad doméstica. Pero su estúpida pedagogía se vuelve directamente contra él. Buscando el medio de hacerse amar, se hace odioso. Inés siente horror de aquel hombre repulsivo que le habla de cariño con la voz lúgubre de un predicador en un sermón de Cuaresma..."

Desde luego, en la adaptación de Germán Castillo, que transforma el ambiente francés del siglo XVII en un medio mexicano campestre del XIX, pero sin mantenerse fiel a ninguno, pues en esta versión mexicanizada, imposible darle a un charro de a caballo y de pistola al cinto, tono de sermoneador lúgubre. Sobre todo cuando intervienen unos vasos de tequila. Pero, en cambio, ay, cuando ha de gritar su pasión, se vuelve casi patético (aunque este Arnulfo, o Cornelio, como lo llama el adaptador, interpretado por Alfredo Sevilla, alza la voz con exceso y hace del grito un rasgo casi permanente). Y si el francés sólo "habla" del suicidio, nuestro Cornelio saca de buenas a primeras la nada enmohecida pistola y se la pone en la propia frente.

Nadie es más cruel que un autor cómico. Y Molière es sobre todo despiadado cuando se trata de burlarse de sus propias desgracias conyugales. Cuando se mofa de Arnulfo-Cornelio, lo hace con masoquismo de un autodestructivo. Porque Arnulfo no es otro que él mismo. Al poeta-comediógrafo le bastó abrir la puerta de su casa para encontrar el escenario de su comedia, con su Inés encerrada en una jaula, aunque no de oro, cuidada por dos sirvientes como fieros

mastines. Y he aquí que ese autor tan misógéno por educación, carácter y propias desgracias conyugales, de repente se vuelve defensor de la niña inocente, que inocentemente le llena el sombrero de exuberantes protuberancias. Porque su feroz sentido del humor no puede dejar de reírse de la estupidez humana, y porque siempre ha sido enemigo de prohibiciones, restricciones y cadenas impuestas a la naturaleza humana. Mas, tampoco puede escapar al deseo de poner en ridículo al joven "galán" que viene motu proprio a entregar a la amada en manos de su perseguidor. ¡Ay, sonada autobiografía!

Adaptación que jamás, o casi, deja sentir un desajuste entre el original y la versión nueva. Y que no obstante su fidelidad a Molière, convence de su mexicanidad tanto por sus protagonistas como por su ambientación. Con su Delia Casanova, excelente como Inés, con su inocencia graciosa, su comicidad y su repentino dramatismo del final; con el joven Homero Wimer como Jorge, el enamorado, papel que le permite cantar en los momentos más apropiados, con una hermosa voz que no deja de ser muy matizada en sus parlamentos; con su Carlota Villagrán y Humberto Yáñez, que se defienden con bastante éxito. Y en cuanto a Francis Laboriel, me hubiese gustado oírla cantar más a menudo y hablar menos. Sobre todo cuando el personaje se dedica a esos larguísimos parlamentos que caen en la monotonía. Tal vez, también a Alfredo Sevilla le vendría bien un recorte de sus prolongados y cansadores monólogos. Pero sobre todo nos convencía la mexicanidad de la ambientación, que logró el director con su escenografía que sugería una Cantina y su jaula montada a cierta altura donde quedaba prisionera la triste Inés; con sus trajes charros y las imaginarias cabalgatas de mucha belleza plástica.

Es apenas al final, cuando el adaptador se rebeló contra su progenitor y ofreció al público diversas posibilidades de concluir esta Escuela de mujeres. La última de estas posibilidades casi rozaba la tragedia, cuando los dos rivales en amores, el viejo protector y el joven pretendiente, se entrematan en un duelo a pistolas. Final que más se acerca a Molière, al ánimo molieresco que reía para esconder el llanto.