El inspector. Teatro Hidalgo. Autor: Nikolái Gógol.
Dirección: Ignacio Retes. Escenografía y vestuario:
Julio Prieto. Reparto: Ignacio López Tarso, Luis Gimeno, Héctor Ortega, Aarón Hernán, Jorge Mateos,
Roberto Rivero, Tomás Bárcenas, Daniel Villarán, Queta Lavat, Azucena Rodríguez, José
Carlos Ruiz, etc.
Si revisando
el árbol genealógico de los modernos novelistas rusos, siempre se encuentra
entre sus ramas el nombre de Gógol (nacido en
1809 y fallecido en 1852) -tanto es
así que Dostoyevsky dijo aquello de que “todos provenimos
de La capa de Gógol”- también revisando las raíces de los dramaturgos
de cien años hacia atrás -tan
ilustres como Chéjov- se encontrará el nombre de Nikolái Gógol, cuyo talento abarcara varios géneros literarios: cuento, novela, teatro...
Mucho se ha
señalado que Gógol es el creador del “realismo crítico” y que lo que más le
impresionaba de sus antecesores eran los
momentos en los cuales los personajes ficticios tomaban dimensión de realidad. Ello se debía a que a Gógol le interesaba pintar la realidad sin falsificaciones. Y la realidad de Gógol fue la de la
Rusia zarista, de ahí que renegara de las influencias europeizantes que prevalecían entre los intelectuales de su época. Su realismo nació, pues, con un tinte netamente ruso, bien diferente del de un Balzac que por esos mismos años (1799-1850) retrataba a la
sociedad francesa con todo el rigor de un
juez implacable. Pero si Gógol fue también un
juez severísimo, su forma de enjuiciar fue diferente, se sirvió de la
sátira, como Balzac se sirvió del
naturalismo. Es por ello que cuando
se trata de representar El inspector como un retrato naturalista de la sociedad zarista, se le está privando de una de sus dimensiones, que es la de su proyección en el tiempo y en el espacio, se
le está limitando a un determinado momento
y en una localidad definida Es pues un acierto de Ignacio Retes haber dado a la representación no el tono simple
de la comedia de enredo, sino el tono
absoluto de la farsa que da a la crítica
un carácter de intemporalidad que la
hace vigente no sólo para la sociedad zarista de la antigua Rusia, sino
para muchas de nuestras modernas
“democracias” en las que la corrupción
de la administración pública es patente.
Aun cuando Gógol no da a su obra la definición de “farsa”, basta con ver su boceto para la escena final de El inspector, para adivinar que la concibió dentro de esta forma teatral. Por otra parte, la caracterización de los personajes encaja
perfectamente dentro de este género
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