diorama
teatral por mara reyes |
Yerma. Teatro Xola. Autor: Federico García Lorca. Director: José Solé. Escenografía y vestuario: Julio Prieto. Reparto: Ofelia Guilmain, Virginia Gutiérrez, Germán Robles, Héctor Cruz, Malena Doria, Amparo Villegas, Alicia
Quintos, Aurora Cortés, etcétera...
En pocos años, José Solé ha acumulado tras de sí un historial que otros directores no logran conjuntar a lo largo de toda una vida. Desde su primer trabajo, cuando dirigiera Amadeo (Comment s'en débarrasser) de Ionesco, hasta Yerma de García Lorca, su batuta teatral ha visto desfilar ante sí personajes de todos los modelos, desde los emanados de la inspiración de los antiguos griegos y los
clásicos españoles, hasta los nacidos
de plumas contemporáneas. El platillo de sus aciertos se ve colmado, de tal suerte que el de sus errores -que como todo humano es susceptible de caer en ellos- se advierte sin peso, su ligereza hace que la balanza señale rotundamente su fortuna.
La interpretación que ha hecho José Solé de ese poeta magnífico que fue García Lorca, tuvo sólo dos lunares. Uno, de circunferencia más breve, fue el permitir que Susana Alexander se saliera del tono general de la obra, con estridencias en la voz y en la actitud. Y el segundo -lunar bien visible- fue la danza que ejecuta Mónica Serna. Danza más apropiada para una “exótica” de las que andan en nuestros teatros frívolos que, de la máscara simbólica que fuera definida así por García Lorca:
“Entran dos máscaras populares. Una como macho y otra como hembra. Llevan grandes caretas. El macho empuña un cuerno de toro en la mano. No son grotescas de ningún modo sino de gran belleza y con un sentido de pura tierra. La hembra agita un collar de cascabeles”.
Ese sentido de pura tierra que señala García Lorca no |
lo tuvo jamás la danza de Mónica Serna. No hay que confundir la sensualidad primaria de los habitantes del campo, con aquella sofisticade de la “vampiresa” capitalina.
Pero
haciendo a un lado estos dos lunares, Solé mantuvo el acento profundamente lírico del texto lorquiano en todo momento. Las palabras de Yerma, pronunciadas por Ofelia Guilmain, hilan a cada instante ese tormento de
no poder, como todo germen vivo de la
naturaleza, procrear, rebelándose inútilmente
al ver que “todo el campo puesto en
pie me enseña a sus crías
tiernas”, mientras ella pasa la noches con los ojos abiertos esperando siempre sin resultado el anuncio de la maternidad. Esas palabras que son como los cascarones que van haciendo madurar en
su interior la tragedia -único fruto de su existencia estéril- brotaban de Ofelia Guilmain como ríos alados que no buscaran su cauce sobre el suelo, sino entre el aire. Esa atmósfera etérea que creó Ofelia Guilmain, secundada por Virginia Gutiérrez, Héctor Cruz, Esperanza de Llano, Diana Ochoa (estas últimas como dos sombras noctívagas y premonitorias) y Germán Robles, por mediación siempre de Solé, constituyó lo mas logrado de la representación.
Otros nombres que es de justicia no olvidar, ya que realizaron sus respectivas interpretaciones con discreción, son
los de: Amparo Villegas (la inolvidable actriz de La Celestina y de Penélope) Aurora Cortés, Malena Doria, Alicia Quintos, Ángel Casarín (que es poseedor de una magnífica voz) y Arturo S. Beltrán.
Las canciones fueron un acierto (se
rumora -ya que no aparece el crédito en el programa- que la música de ellas es de Germán Robles) y lo mismo puede decirse de la escenografía de Julio Prieto.
Siempre que se pone en escena una obra de un dramaturgo
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