ahora una tarea sin su empeño
acostumbrado. Buscando el éxito económico fácil, fincándolo en
la simpatía de dos o tres actores taquilleros y nada más.
Luis de Llano, por lo consiguiente, no llegó en sus esfuerzos ni a la tercera parte de lo obtenido
por él, por ejemplo, en La pelirroja. Repetición de recursos cómicos de suyo restringidos de imaginación y ausencia de ritmo en las escenas, fueron las características fundamentales de su dirección escénica.
Las dos “estrellas”: Kippy Casado y Guillermo Orea, pasan por la escena
sin pena ni gloria.
León Michel supone que el posar como “modelo”
frente a las cámaras de televisión es un entrenamiento
suficiente para darse de alta de actor, pero que él
lo creyera no tendría importancia; lo deplorable es que los empresarios lo crean también, ya que ellos son quienes están plagando los escenarios de actores y actrices impreparados que sólo
salen a escena
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a “lucir” una
camisa, o un traje bien cortado, equivocando de esta
manera toda la tabla de valores relativa al arte.
Si el lastre que
dejó en México el teatro decadente español de principios de siglo, con su secuela de actores viciados, ha sido difícil de sobrellevar, el que ahora está arrojando sobre las espaldas de nuestra escena la televisión, con su secuela de
improvisaciones, es quizá más difícil de arrostrar. Ahora que, mucho peor
es cuando esa impreparación va unida al mal gusto y a la
exageración grotesca, como es el caso de Celia
Viveros que hace el papel de una prostituta en la forma más estereotipada
posible.
Dos actrices
mantienen su trabajo en un nivel normal de equilibrio: Eva Calvo y Alejandra Meyer, y en lo que toca a la
escenografía, David Antón supo captar correctamente los
requerimientos del autor al decorar “a la japonesa” -según
la imagen que de Oriente puede tener una prostituta
fina- un departamento en un piso alto de un edificio moderno.
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