diorama
teatral
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Margarita Urueta, que Alexandro.
Cada palabra va cimentada por una acción que la hace trascendente. No se trata de hacer
definiciones y decir que su forma teatral es “expresionista” o “simbolista”, no se
trata de poner etiquetas, sino simplemente de
observar cómo un director encuentra la forma
idónea para transmitir un mensaje. Por
ejemplo, en un momento dado, el personaje de Alain expresa que “siente un gran
peso”, en ese instante, para mostrar cuál es ese gran peso, Elena (novia del
hermano) se cuelga en la espalda de Alain. De este modo que parece tan
simple, pero que, como el huevo de Colón había
que descubrirlo, el contenido inconsciente de la frase queda a la vista. Y como este, todos los parlamentos van apoyados
con esas imágenes plásticas que revelan el inconsciente
de cada personaje, el móvil de cada acción. Alexandro con esta obra vuelve a
demostrar que su talento es de aquellos que se imponen a pesar de todos
los obstáculos, de todas las diatribas en su
contra y de todos sus detractores,
porque su arte es verdadero.
Carlos Ancira,
el insustituible actor del
teatro vanguardista, vuelve a la escena después de haber dejado un imborrable
recuerdo con la interpretación de El diario de un loco de Gógol. Esa ternura y esa profundidad que sabe proyectar, denuncian su gran sensibilidad. Cada matiz lleva
una emoción implícita, sea dosificada, sea exaltada, pero siempre correspondiente a la medida exacta de la
intención.
En una actuación totalmente diferente de aquellas que a lo largo de su
brillante carrera ha brindado María Teresa
Rivas, esta actriz deja adivinar el enorme
influjo que el director ha tenido en ella. Su expresividad se ha hecho más rica, su técnica más depurada.
Hay en todos los actores, lo mismo en
Javier Marc que en Bernadette Landrú,
ese afán
de dar a su actuación una trascendencia, de borrar lo convencional, de
destruir el molde para
abrirle paso
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a la expresión pura, dejándola en la mayor libertad posible.
Una nueva actriz -como siempre, Alexandro descubre nuevos elementos- Mercedes Carreño hace su aparición entrando por la puerta grande. La música como otro personaje (esta vez tomando cuerpo sobre la misma escena) viene a representar el mundo exterior, la periferia del conflicto entre Alain, su madre y su mundo. Excelente la sencilla escenografía, ese álbum familiar que muestra sus fotografías como un museo, la historia a retazos de la humanidad, escenografía de la que son coautores Luis Urías (de quien es también la música) y el propio Alexandro. Locuras felices
Teatro Milán. Dirección, Alexandro. Arreglos musicales de Federico Smith, Leo Prower y Jesús Ferrer. Un espectáculo de Alfonso Arau. Otro espectáculo dirigido por Alexandro se halla en cartelera, éste no de teatro, más
bien, si hay que adjudicarle algún nombre podría llamarse de “variedad”, en la acepción literal de la palabra, ya que ahí hay como un muestrario, un poco de todo: de mímica, de
canto, otro poco de baile y hasta de
pantomima de manos. El showman es Alfonso Arau, un cómico de buena
cepa que sabe dar a cada número la atmósfera debida.
En momentos todo es regocijo, en otros es
crítica de una
realidad, como cuando Arau es un pollito que al romper el cascarón ve el mundo tan desagradable que
quisiera volver al interior del huevo; en
otros es ternura, como cuando convertido en titiritero de manos, que no de títeres, obsequia toda su ganancia a los niños. Largo sería enumerar las implicaciones de cada
uno de los “números”. Solamente queda decir que se trata de un espectáculo
completo que Alexandro, Arau y su representante,
la señora M. P. Boulesteix piensan llevar a Francia y a otros países. Con toda seguridad cosecharán
muchos aplausos.
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