Se alza el telón La fierecilla domada
por Malkah Rabell
Bajo la alegre máscara de la farsa, Shakespeare en esa obra de su juventud: La fierecilla domada -o como traducen algunos a The taming of the shrew: La doma de la bravía-, presenta una imagen feroz de la sociedad de su época, la cual aunque situada por el autor en Italia no deja de ser inglesa. Todos esos caballeros e hidalgos son representantes de una nueva clase enriquecida: la burguesía, cuya máxima pasión es el dinero. Pasión a la cual ni siquiera escapan los jóvenes, que buscan las dotes de las novias ricas y se venden al mejor postor. Petrucho, hidalgo de Verona, no conoce a Catalina, la fiera a quien todos temen y que ahuyenta con su violencia y agresividad, a todos sus pretendientes. Pero le basta enterarse que el padre de la joven, el acaudalado caballero de Padua, Bautista, está dispuesto a ofrecer una dote fabulosa al valiente que acepte la mano de su hija, para presentarse en la lid. Y gana la batalla. Logra domar a la bravía, y ni siquiera esconde su único interés: la fortuna de la bella.
El poeta esgrime a su vez otro tema: ¿Quién debe dominar en una sociedad conyugal bien constituida? Y Shakespeare, como indudable representante de su tiempo, desde luego considera que todos los derechos deben pertenecer al varón, y solamente una loca y desenfrenada "bravía", puede pretender lo contrario. Otra vez debajo de la máscara cómica se oculta una feroz exigencia: el lugar de la mujer es a la sombra del hombre. La mujer digna de todos los elogios es la dulce; sumisa y obediente doncella, que a cambio de tales virtudes obtiene marido y protección. Más, según parece dar a entender el dramaturgo, esas damas tampoco son tan sumisas como pretenden. Apenas casadas muestran los dientes. Lo que no es tan ajeno a nuestra sociedad contemporánea, donde la persecución de un marido, el miedo a "vestir santos", obliga a más de una muchacha mostrar una hipócrita dulzura, que desaparece apenas salida de la iglesia.
La representación en el Teatro de la Nación de esa comedia shakespeariana en la adaptación y traducción de Carlos Solórzano, reduce los 5 actos originales a 2. Lo que permite un ritmo más ágil más dinámico, y sobre todo un concepto más moderno de la construcción dramática. La dirección de José Luis Ibáñez,
le da una personalidad viva a la escenografía con una serie de hallazgos graciosos, como los árboles que se mueven y cambian de lugar desplazados por los actores, a lo largo del camino de Verona a Padua.
Para el reparto, Ibáñez reúne un grupo de actores competentes, entre quienes extraña la presencia de Luis de Alba, quien en el papel del sirviente de Petrucho, lleva a cabo las mismas "payasadas" que suele emplear en sus habituales actuaciones. Por fortuna su papel es bastante secundario. No es, como nos pudo inducir a pensar la excesiva publicidad dada a su nombre, el del protagonista. Este último, es decir Petrucho, se halla a cargo del joven actor Roberto Ballesteros, a quien ya habíamos visto en otra obra isabelina: Lástima que sea una puta. Y ya en aquél inicio de su carrera demostró tener temperamento, dicción clara, bella voz y sobre todo una presencia física muy llamativa. Virtudes de las cuales hace gala igualmente en la presente interpretación, mostrándose a la altura del difícil personaje. Julio Lucena, como el padre de Catalina; Luis Torner en el muy importante papel de Trani, al servicio de Lucenio, por quien se hace pasar para mientras tanto permitir a su amor hacer la corte con toda libertad a Blanca, la hermana menor de Catalina; y César Bono, como otro de los galanteadores de Blanca, son todos muy correctos, sin llegar a especiales alturas.
En cuanto a Julissa, cumple con el cometido de un personaje como Catalina de tan distintas facetas, y en algunas escenas logra especial emoción, como el: su último monólogo, cuando exige a las demás mujeres sumisión obediencia al hombre, al esposo, en agradecimiento de la protección que éste les brinda. A veces, con cierta picardía trata de subrayar que sólo se "vale de la astucia para iniciar un camino en que ella será la que domine, pues ha llegado a conocer todos los procedimientos de complacencia que someten profundamente otra voluntad". Más, ¿tal es la opinión del dramaturgo o del adaptador para complacer a las feministas?
Lo más llamativo del espectáculo fueron la espléndida escenografía, que cambiaba por completo el escenario del teatro Hidalgo, y el lujoso vestuario, debidos ambos a David Antón, muy fieles a la época.