marido y amante,
sin que se conturbe el mundo de Silvia. Ella
es el eje de la esfera que gira;
ellos, los hemisferios que tan pronto están al oriente, como al occidente, si se les ve desde un punto fijo
exterior.
Pero encasillar esta obra dentro del movimiento llamado
“teatro del absurdo” sólo porque su armazón es aparentemente dislocada, no me
parece legítimo. El teatro del absurdo tiene ya sus leyes; desde el momento en
que se le adjudica
un nombre es porque se le reconocen características determinadas y la obra de García Ponce,
aunque posee algunas de ellas, no las posee todas.
En doce y una, trece, se encuentran ciertos recursos técnicos de ese teatro
del absurdo, pero su contenido no busca las mismas metas. Una de las características básicas de ese movimiento es la de llegar, por medio del
absurdo, a universalizar los problemas del hombre;
en tal teatro no hay casos particulares, el
personaje no es un hombre, sino el hombre. Juan García Ponce en cambio,
finca su planteamiento en otras bases; si bien utiliza el recurso del absurdo, lo hace no para universalizar, más bien para marchar hacia el centro del problema, de ahí que lo
descuartice para analizar mejor sus partes. El conflicto que presenta es particular y en ello radica su eficacia; es quizá por eso que al desviarse
de esa vía centrípeta -al hacer aparecer dos
personajes de carácter universal: el Juez y su secretaria- se produce un choque interno dentro de la obra que la hace
perder su camino primordial.
La dirección de Gurrola es dinámica, atrevida
como todo lo suyo, no le teme al absurdo, de ahí su éxito. No trata de justificar lo injustificado, no de dar
explicación a lo inexplicable. Hace amena la acción, sin ser superficial -a pesar de que en esta ocasión sus actores
masculinos tenían cierta tendencia hacia lo superficial-. Por fortuna esa
tendencia fue contrarrestada por Beatriz Sheridan, una actriz que hace nacer
las palabras desde la raíz de la emoción y el gesto desde lo más profundo del
inconsciente, pasando por la consciencia después
y por el razonamiento. La actuación
de ella revela todo el mundo interno de su personaje, al grado de
convertir lo cuantitativo en cualitativo. Ella es lo que se llama una actriz de
verdad. Excelente la escenografía de Von Gunten.
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Jacobo o la sumisión. Sala Villaurrutia. Autor: Eugène Ionesco. Dirección: Anya Herrera A. Escenografía: Sergio Jiménez. Reparto:
Julio Castillo, Wilebaldo López, Beatriz Sámano, José Luis Contreras, Mireya Cordero, Raquel
González, Selma Marinni, Luz María Hidalgo y Jesús Escalona L.
En
la Escuela de Arte teatral del INBA, Anya Herrera ha
dirigido está obra de Ionesco como examen final correspondiente a la carrera de Directora
de Escena. Múltiples son sus aciertos y hallazgos. Supo vencer las dificultades de un texto sembrado de escollos
y manejar con habilidad a los jóvenes actores, todos alumnos de dicha escuela
(algunos de los cuales cursan apenas el primer año de actuación).
Una firme promesa se revela
en Julio Castillo, quien posee grandes cualidades histriónicas y que bien pronto dará quéhablar, pues está apto para ser aprovechado ya en los teatros profesionales. Sobresalen
también Wilebaldo López, Beatriz Sámano, José Luis Contreras y
Mireya Cordero. La escenografía, por demás
sencilla, de Sergio Jiménez, se ajusta
a las mil maravillas al carácter
de la obra. Fue sin duda, para Anya Herrera, un
brillante examen profesional.
Susana quiere ser decente. Sala 5 de Diciembre. Autor:
J. Llopis Establier. Ambientación: Jorge Landeta y M. A. López. Dirección: Jorge Landeta. Escenografía: David Antón.
Reparto: Irma Lozano, Chucho Salinas, Manolita Saval,
Roberto Guzmán, Héctor Lechuga, David Hayat, Martha Yolanda
González y Susana Cabrera.
Profunda decepción producen
muchos de los teatros comerciales y éste, de
entre ellos, se lleva las palmas. Jorge Landeta ha pasado de la comedia ligera al sketch descarado. El diálogo, totalmente
deformado por esa necesidad de trasladar la
acción a México, no es sino un continuo juego de palabras, de
calambures, de chistes de la más reconcentrada vulgaridad e intrascendencia. La meta del director y de los actores no es otra que la de hacer reír a toda costa a un público poco
exigente. Siendo la comedia un género tan noble,
se ve empequeñecido con tal cúmulo de despropósitos.
Arthur
Miller
Un acontecimiento teatral ha
constituido el estreno de
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