simplemente cómico. Defecto que comparte Germán Robles, quien en su papel del ex marido que
desea reconquistar a su ex mujer, hace alarde de un amaneramiento que no rima
con el personaje.
También Polo Ortín exagera sus actitudes al grado de desfigurar totalmente el papel que le fue confiado. Muy justas en cambio Rita Macedo, Julissa -promesa
que va haciéndose verdad- Carmen Molina y Rafael del Río. Con un personaje que es algo así como el condimento de un guiso, Jorge Fegan se gana la risa de los espectadores, Manuel Zozaya y Consuelo Monteagudo complementan el
reparto con discreción. La escenografía muy correcta, es de David Antón.
Un autor mexicano
El medio
pelo y Una pura... y dos con sal.
El
medio pelo:
Teatro Jesús
Urueta. Dirección Víctor Moya. Escenografía, Antonio González Caballero.
Reparto: Carmen Montejo,
Eric del Castillo, Rosario Laiz, Libertad Ongay, Andrés
Cisneros y Roberto Corell. Voz de Francisco
Fuentes “Madaleno”.
Una pura... y dos con sal: Teatro Rotonda. Dirección, Miguel Córcega. Reparto:
Bárbara Gil, Guillermo Romano, Elodia Hernández, Oscar Servín,
Nora Veyrán, Norma
J. Pons, Emma Finky Rocío Garcel.
Después de Señoritas
a disgusto, Antonio González Caballero
había guardado silencio, todavía recuerdo el entusiasmo de José de Jesús Aceves cuando decía que había encontrado un nuevo valor mexicano. Aceves cortó la obra, la
pulió, la montó y obtuvo un éxito merecido. Hoy
reaparece González Caballero con dos obras: El medio pelo y Una pura... y dos con sal ¡Abismal diferencia entre una y otra!
Si bien las dos obras son costumbristas, en la
primera de ellas este costumbrismo es un marco imprescindible para que los
personajes puedan moverse, es como el aire
del que no se les puede privar; en cambio, en la segunda, ese costumbrismo es un mero pretexto para la truculencia de la que tanto ha abusado ya la
cinematografía mexicana. A Una
pura... y dos con sal podría llamársele bis de Los signos del zodiaco, de Magaña; no hay en ella ninguna
aportación ni para bien ni para mal.
El tema central de la pieza es la calumnia, a la que critica el autor como un
hábito criminal que se produce por dos elementos nocivos de la sociedad: el chisme -que a su vez se deriva de una curiosidad malsana- y la ignorancia, que
repercute en la irresponsabilidad de los
actos. Pero hay tal repetición de recursos, de situaciones, de parlamentos que cuando la obra termina, entre
gritos desorbitados, lecciones de moral y arrebatos melodramáticos, se tiene la
sensación de que el autor no nos ha dicho nada nuevo, ni como contenido, ni como forma estética.
Cosa muy distinta ocurre en El
medio pelo, el autor comprueba por sí
mismo lo que la historia del arte ha demostrado:
que un asunto viejo siempre puede parecer nuevo según la forma de
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tratarlo. En ella, los
personajes están vivos hasta los huesos, son
verosímiles, son corpóreos. Sus reacciones son verdaderas, no los ha
vestido el autor con sus palabras, simplemente
los ha dejado hablar. Se puede hacer con ellos un estudio de caracteres,
sicológicamente hablando, como si se
tratara de personas vivas. La última reacción
de la protagonista ante su fracaso, le vale al autor el punto definitivo.
El brillante está allí, una muy
ligera pulida y la obra será muestra del teatro
mexicano más sincero y valioso. Sólo hace falta en mi opinión suprimir al narrador que toma la palabra entre cuadro y cuadro sin
motivo ni razón, sólo para abaratar la obra y degradarla.
Y si acaso, pequeños cortes para evitar repeticiones inútiles.
Por lo demás el trabajo escénico en ambas
obras es excelente. Víctor Moya, director de El medio pelo, aun cuando con otros recursos -enfocados a otra
temática- recuerda su trabajo de Los de abajo, de Azuela, o sea de sus mejores tiempos. Y Miguel Córcega, director de Una pura...
y dos con sal prueba que
sus años de actor le han dado una visión sólida de cómo se hace teatro.
Los actores que sobresalen en la primera de las obras son: Eric del
Castillo en ese Guadalupe Marcial, personaje
del que ha hecho una creación vigorosa y madura, Carmen Montejo en la orgullosa Paz García, Mario Delmar, en uno de los trabajos mejores de su carrera artística y la joven
Rosario Laiz.
En Una pura... y dos con sal, cabe mencionar la total transformación de Bárbara Gil,
quien en un meritorio deseo de no estereotiparse como Nadia Haro Oliva y tantas otras
actrices que sacrifican el arte por la apariencia,
encarna un papel totalmente distinto de aquellos que ha desempeñado en los últimos tiempos. Un aplauso a su actitud de
actriz y a su trabajo.
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