diorama
teatral
por mara reyes
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Medea. Teatro Xola. Autor: Eurípides. Traducción: doctor Ángel María Garibay K. Dirección:
José Solé. Escenografía y vestuario: Julio Prieto. Música:
Leonardo Velázquez. Grabación: Orquesta del
IMSS bajo la dirección de Blas Galindo. Reparto: Ofelia Guilmain, Rafael Llamas, Wolf Ruvinski, José Carlos Ruiz, Socorro Avelar, Antonio Medellín, Mercedes Pascual, Daniel
Villarán, Graciela Doring, María Eugenia Ríos, etc....
De nuevo
Eurípides en el teatro Xola, de nuevo
bajo la dirección de José Solé y de nuevo con éxito. Uno de los mayores aciertos de José Solé consiste en su forma de manejar el coro. Este
director consciente de que en el teatro griego el asunto
se maneja en dos niveles
distintos, uno el personal y otro el universal, da al coro un doble movimiento,
una doble significación, una doble apariencia -una temporal y la otra
intemporal-. La primera, cuando junto con los personajes entre los que
se desenvuelve la tragedia, más que comentar la acción expresa la emoción que tal acción causa. Y la
segunda -la intemporal- cuando hace que el coro
extienda la repercusión de tal acción en el tiempo y en el
espacio, obteniendo con él una
proyección de infinito humano.
Al ver esta Medea,
interpretada por Ofelia Guilmain, no pude
dejar de asociar la visión de
María Douglas, aun cuando la Medea que
María interpretó fue la de Anouilh, pero era
el mismo personaje, con sus mismas
pasiones, su misma ira y mismo deseo de
venganza. Ambas actrices representan
dos épocas en nuestro teatro. Y no hay duda
que hoy por hoy el teatro vivo de México se halla bajo el
imperio de Ofelia, tal como en otros
años se encontrara bajo el de María.
Ofelia irrumpe en la escena
toda ella desbordada, como río que no respeta el cauce, inundándolo todo. Ella con su presencia va impregnando la escena con su furor, su odio, al punto de
lograr que el auditorio se olvide de sí mismo y penetre en esa atmósfera en la que el grito, el llanto y la violencia
toman carta de naturaleza y el crimen
más infame se explica y se comprende. La Medea de Ofelia no repugna,
provoca compasión. Si un orgullo ofendido no justifica su crimen, la fuerza de su pasión obliga a respeto.
Ofelia ha encarnado a una mujer, no a un monstruo;
a una mujer primitiva, dominada por la ley del talión, y al hacernos presenciar su
venganza, nos deja adivinar la fuerza de su amor, si apasionada la una, también apasionado y
arrebatador debió haber sido el otro.
Amor que la llevara a traicionar patria, padre, hermano y amigos. Ofelia con esa fuerza de
proyección extraordinaria conmueve hasta
lo más profundo ya que no muestra de su Medea sólo los sentimientos malvados que
hicieron cuna en ella, sino que los expresa
como una resultante lógica de su poderosa
fuerza emotiva, de su amor que fue total entrega.
Wolf Ruvinski, encarnando a Jasón, como otrora en la Medea de Anouilh, se advierte
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un tanto descentrado. Su deficiente dicción, que nunca
ha sido perfecta, se vuelve contra él como un adversario temible al que tiene que
enfrentarse durante el transcurso de
todas sus escenas. Su sinceridad logra sofocar en ciertos momentos al adversario,
pero pronto vuelve a sucumbir ante él.
Hay papeles como el Stanley Kowalsky de Un
tranvía llamado deseo -que tanta fama le diera- que pueden ajustarse a su
defectuosa pronunciación y a su marcado acento sudamericano, pero otros no admiten tales distracciones.
Todos los personajes, así como el coro de
mujeres, estuvieron interpretados en
forma excelente por un elenco capaz, responsable y eficaz. Socorro Avelar en el papel de la nodriza;
Rafael Llamas, en el de Creón, rey de Corinto;
José Carlos Ruiz, en el de un mensajero; Antonio Medellín en el de Egeo, rey de
Atenas, y Daniel Villarán en el de ayo de los
hijos de Medea; todos estuvieron a la altura de las circunstancias, siendo éstas de óptima calidad en la
interpretación y de sinceridad en las emociones.
El director no pretendió representar la obra al “estilo griego”, sino
con una visión moderna y actual, visión a la cual se ajustaron todos los actores, así como el coro, formado por Lupe Andrade, Irma D’
Elías, Graciela Doring, Alicia Echevarría, Teresa Grobois, Lilia
Juárez, Clara Osollo, María Eugenia Ríos, Alma Rodríguez, María Stain y Mercedes Pascual que fue un
brillante corifeo, ella llevó sobre sus hombros el mejor peso del coro. Una muy bella escena es aquella en la que las .mujeres del coro, después de
escuchar cómo Medea da muerte a sus hijos, se retuercen por la desesperación y caen sobre la escalinata como manchas
inorgánicas sobre el piso. Hay en esta escena
un hálito que recuerda a las monjas
posesas de aquel filme Sor Juana
de los Ángeles en el momento del exorcismo.
La traducción del doctor Ángel María Garibay es magnífica; pureza de
lenguaje sin nada superfluo o confuso. La escenografía
y el vestuario de Julio Prieto estuvieron matizados entre el gris y el
morado, pasando por los azules, sin discordancias. Las máscaras del coro, no
fijas a los rostros, sino montadas en una vara, permitían un juego plástico más amplio. Sencillez y belleza fue el marco que dio Prieto a la obra de Eurípides. Los efectos musicales de Leonardo Velázquez
son un buen complemento aunque un tanto
cinematográficos.
En resumen, no sólo es digno de encomio el afán del IMSS por dar a
conocer las grandes obras de la literatura dramática griega -como un aledaño a su labor social, en la que lo educativo no es secundario- sino
también el hecho de que tales obras sean llevadas
a la escena sin escatimar ningún esfuerzo. Y
si en ocasiones tales esfuerzos no
han rendido el fruto debido, en esta ocasión el fruto se saborea
maduro. José Solé ha sabido conjugar las virtudes propias con las de sus
colaboradores.
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