un ángel especial y cada día su
oficio se hace más sólido. Su interpretación del comediógrafo ególatra es
correctísima. Excelente también la actuación
de las dos jóvenes actrices: Luz María Aguilar y Adriana Roel. Bien igualmente Joaquín
Cordero. Aunque las actuaciones son inobjetables se advierte fundamentalmente
en Joaquín Cordero una tendencia a repetirse,
tendencia que se va convirtiendo en
peculiaridad en casi todos los
actores profesionales -antes de volverse vicio-
y que se deriva de la costumbre de interpretarse a sí mismos. El afán de ser “naturales”
y “espontáneos” los ha ido
llevando a la anulación de la facultad de transformación que debe ser inherente al actor. Hoy día aquellos que
estimulan esa facultad son una minoría y los que la inhiben en cambio son una inmensa
mayoría.
En contraste con los actores de media horneada, están los de la antigua: Fanny Schiller, Jorge Fegan y José Mora, quienes a pesar de pertenecer a una escuela menos espontánea de
actuación obtienen una mayor identificación
con los personajes que interpretan.
De la escenografía de
David Antón sólo puede decirse que es como todas las suyas, apropiada y plástica. Parece mentira que el monopolio se justifique
cuando éste proviene del talento.
Trampa para cuatro
Teatro Jesús Urueta. Autor, Ricardo Rentería L. Dirección
Óscar Ledesma. Escenografía, Guillermo Segoviano. Reparto: Magda Guzmán
|
Enrique Aguilar, Pilar Sen y Felipe
Santander.
Un
nuevo autor mexicano se atreve a cruzar la línea de las
candilejas: Ricardo Rentería, estudiante de medicina.
Antes de entrar a examinar la tesis que plantea
en su pieza, sería necesario diseccionarla técnicamente, ya que en ella pueden
apreciarse un sinnúmero de deficiencias relativas a la composición dramática.
Deficiencia de quien comienza a
escribir teatro es dar al espectador la información de los antecedentes de la vida de los personajes y del ambiente en
que éstos se desenvuelven sólo a base de relato
sobrecargado y dentro de diálogos discursivos, reiterantes y pesados en exceso.
Por otra
parte el autor en vez de tomar una sola tesis o idea para su obra, pretende abarcar
dos anécdotas a la vez y entonces se pierde entre ellas, se complica y
termina por hacer confusa la obra. O enfocar el problema a la necesidad
de probar el afecto del novio o bien a la búsqueda
de Dios. Pero la más era una tarea
demasiado ardua para quien apenas corre
su primera aventura teatral. Si desenvolver un conflicto en el teatro ya es una
labor difícil, intentar desenvolver dos conflictos a la vez es una meta
demasiado alta para quien principia a volar. La primera anécdota -de la joven que desea estar segura del amor de aquél con quien va a
compartir su vida- era lo suficientemente eficaz para hacer una buena pieza
(desde luego entonces habría sobrado el personaje de Rubén); es una lástima que por querer una mayor trascendencia al problema [sic] haya
desperdiciado la anécdota. Si en cambio
deseaba el autor llevar a cabo la segunda anécdota, (la de encaminar a un ser hacia la senda de la fe)
entonces la acción no necesitaba del personaje de Juan. En el primer caso, la
trama está completa, no necesita ningún agregado; en el segundo caso en cambio, sería necesario redondear la anécdota,
completarla.
Mucho es el
esfuerzo del director y actores por tratar de
que la obra no canse al público debido al diálogo en
extremo repetido, de parlamentos excesivamente largos. Magda Guzmán se ha habituado ya a salir a flote en todo género de obras y aunque la mayoría de las veces lo logra, no
puede evitar en ciertos momentos perder su sinceridad. Los esfuerzos de Pilar Sen son también dignos
de mejor causa. Enrique Aguilar con un personaje que nunca aparece como lo pintan -no
por su culpa, sino porque las palabras que dice no corresponden al cuadro que los demás personajes hacen de él constantemente- hace
también lo más que puede. De Felipe Santander sólo puede decirse que es una lástima
que después de haberle visto una
interpretación llena de matices como la
que realizó en De repente en el verano se presente tan plano, monocorde y liso.
Excelente, eso sí,
la escenografía de Guillermo Segoviano. En realidad el titulo no es correcto, ya que no se trata de una Trampa para cuatro sino de una “trampa
para un auditorio”.
|