Y todos terminaron ladrando
Teatro Fábregas. Autor, Luis G.
Basurto. Dirección, Fernando Wagner.
Escenografía, David Antón. Reparto: Guillermo Zetina, María Teresa Rivas, Angelines Fernández, Fernando Mendoza, Lola
Tinoco, etc....
La Temporada
de Oro del INBA esta vez no repone una obra ya conocida, sino
que estrena la última comedia de Luis
G. Basurto Y todos terminaron ladrando -título atractivo pero que
tiene la desventaja de adelantar al espectador el final de los acontecimientos.
Parece que Basurto utiliza al
escribir sus obras teatrales un
mecanismo similar al que siguen los autores de historietas
dominicales, en aquello de hacer diferentes
historias para los mismos personajes. Y no se tome esto en sentido peyorativo,
no se considere pecado, ya la Comedia
Italiana ponía la muestra al improvisar
anécdotas distintas con los mismos personajes. El único requisito en estos casos es que los personajes que participen en la acción sean
todos necesarios. En Y todos terminaron ladrando esto último no se cumple. Hay un personaje que no tiene por qué ser
inmiscuido en la trama y su aparición constituye como un apéndice que debiera extirparse. Me refiero a la prostituta. ¿Para
qué entra a escena?
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diorama
teatral
por mara reyes
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Quizá el autor opine que ella ayuda a desenmascarar a las personajes masculinos que aparecen en la comedia, sin embargo yo pregunto ¿variaría la impresión que tiene el
espectador de los personajes si fuera suprimida la escena? ¿No es suficiente con la conducta que ellos tienen frente a frente, entre ellos mismos, para que sus pocas
virtudes queden ampliamente al descubierto? La
escena de la prostituta resulta no sólo
artificial y ríspida, sino que es como una. pústula que en nada beneficia al
desarrollo de la anécdota; sus “denuncias” no ocasionan ninguna consecuencia lo
que prueba que aquello que ella
revela de los personajes no era
ningún secreto para nadie o bien a
ninguno le importa. En resumen su aparición
no tiene justificación real salvo la
de hacer reír un poco. Sólo que
la risa debe tener siempre una justificación,
de otro modo no habría diferencia entre la comedia y el sketch. Esto Basurto lo sabe y sólo se explica el que haya escrito dicha escena por una especie de debilidad suya por este género de personajes. Debilidad parecida a la de hacer que otro de sus personajes se suicide al final de la comedia y que es la que muchas veces lo lleva
hacia la truculencia.
Quizá
tomando ejemplo de los clásicos -quienes aun en sus tragedias
ponían un personaje cómico- en Shakespeare o
en Lope de Vega pueden encontrarse los
bufones y “chistosos” -como el Osric [sic] en Hamlet o el Mengo en Fuenteovejuna- Basurto ha decidido incluir en sus obras un personaje
-o varios- que tomen a su cargo la tarea de divertir al público, pero el
resultado de ese intento le ha resultado fallido, probablemente debido a falta
de equilibrio. Hay que conocer las dosis
de los ingredientes para que el guiso quede
en su
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punto. Demasiada
sal puede hacerlo incomible. Es necesario
que la proporción sea correcta para que no se pierdan las perspectivas. Si la obra
de Basurto es básicamente una comedia
¿a qué esos extremos entre el personaje
de Artemio de la Torriente y el de Doña Eufemia, el uno tirando hacia
el melodrama y el otro hacia el ridículo? Si
Basurto puliera un poco más su obra el
resultado sería indudablemente muy satisfactorio. Tomó de las costumbres sureñas de México una anécdota
que es en extremo susceptible de ser dramatizada, y salvo algunos lunares (la prostituta, Artemio y Doña
Eufemia, además de cierta debilidad en el personaje
de la nana Aída) el desarrollo de los acontecimientos es llevado por Basurto con técnica firme; la
transformación que por la influencia
ambiental va teniendo el personaje protagónico -Don Martín Escalera- se
realiza con verosimilitud; hay una progresión
bien llevada en la 'variación de las reacciones de éste, en
su trasmutación. Una anécdota que tiene tantas posibilidades para hacer una comedia excelente bien valdría
la pena de que el autor la redondeara, puliera las asperezas y abrillantara los
prismas; podría muy bien llegar a ser ésta la mejor
obra teatral de Basurto.
Sería
mejor que Fernando Wagner se decidiera a dirigir sólo obras
realistas, cuando entra en juego la farsa,
resbala; su técnica se hace endeble. Las escenas realistas de la obra las sacaadelante con
soltura, pero aquellas en las que interviene
un matiz farsístico se pierde, como si su visión se
nublara. O conserva ese matiz a todo
lo largo de la obra, o bien se suprime. Es inadmisible dirigir algunas escenas con un estilo y otras con uno distinto. Para que la escena “fantasmagórica”
tenga cabida,
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la comedia entera debe ser
llevada con otro estilo; ésta es sólo una secuencia de diferente color, no un
fragmento de otra obra. La escena de
los ladridos debía ser una consecuencia
lógica de una forma de actuación previa,
no un aerolito que brota en el aire y no se
sabe de dónde viene, peor aún, que no viene de ninguna parte. Si no puedo
entender que el autor clasifique su obra como
“farsa” es quizá por culpa de la dirección
escénica que sólo en momentos aíslados hace
que los actores tomen actitudes caricaturescas, siendo melodramáticos en otros momentos. Muy pocos personajes actúan dentro de la línea de la
farsa y por ser sólo unos cuantos la impresión
que provocan es grotesca y siempre parece que están fuera de situación.
Se trata indudablemente de una obra que ni mandada a hacer para Guillermo Zetinaque tanto gusta de hacer alarde de
sus facultades histriónicas. Zetina encarna con positiva maestría el papel del “cultivado”
Don Martín Escalera, el hombrecillo mediocre que a fuerza de escuchar
que él tiene una gran personalidad, llega en verdad a adquirir ésta, y a sorprender por su real y verdadera transformación sicológica. Un éxito más en su
carrera. Discretos: Lola Tinoco -personaje débilmente delineado por el autor y
sobre todo fuera del estilo de la comedia-
Antonio Brillas, Roberto Jarero y Roberto Guzmán. Pintorescas: Ángeles Marrufo, Angelines Fernández -quien aparte de que se
olvida en menos de medio minuto de la trágica muerte de su sobrino dejándose
arrastrar por la euforia del triunfo del boticario, hace un trabajo muy correcto- Arcelia Chavira –que entra con el pie derecho al teatro
profesional- y Marina Marín. Bien
Mario García González. Exageradas sin límite Aurora Campuzano y Olga Rinzo. Grandilocuentes pero en tono de buenos actores, María Teresa Rivas y Fernando Mendoza. Jocoso Polo Ortín e inestable Reynaldo Rivera, en el papel de padre Terencio, personaje ante el que el propio autor se sintió cohibido.
La escenografía de David Antón es un marco excelente para la obra.
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