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Juan de la loza y Luis Robles en una escena de El malentendido [Pie de foto. N. del E.].

Se alza el telón

El malentendido por la

Universidad Veracruzana

Malkah Rabell

"La obra más perfecta que ha escrito Camus" -según dijo el escritor francés, André Rousseaux- El malentendido, trae a escena más formulas filosóficas que contenido dramático, y quienes en la sala del estreno buscaban la nota roja, se equivocaban de contexto. En esta época de autor-filósofo, su segunda época, en esta obra estrenada en París en 1944, se trata de dos mujeres, madre e hija, que regentan un hotel en un sombrío país de Europa Central, que carece de mar y de salidas fluviales. Martha, la hija, trata de dar un sentido a su vida vegetativa y sueña con un país de luz y sol, donde habrá de encontrar la dicha. Para poder dirigirse hacia esa región de leche y miel, necesita mucho dinero, y pa

ra conseguirlo se dedica, ayuda[da] por su madre, a matar a los viajeros qué se detienen en su hosteria, arrojándolos después a un río cercano. Uno de estos viajeros es su propio hermano a quien no reconoce ni ella, ni la madre, después de veinte años de ausencia. Cuando el "malentendido" se descubre la madre se arroja al río, donde ya descansa su hijo. Lo que provoca en la sombría Martha la certidumbre que la vida no tiene sentido, y también ella elige la muerte.

¿Qué trata de decirnos Camus con esta tétrica historia? En El mito de Sísifo, el escritor argelino afirma: "No hay más que un problema filosófico realmente serio: el suicidio". No obstante, los estudiosos de Camus niegan que éste fuera un partidario de, la muerte voluntaria, y por lo general citan una frase que pertenece a La peste: "Por el solo juego de la conciencia transformó en regla de la vida lo que fue su negación, y me niego al suicidio". Pero en realidad La peste ya pertenece a su tercera época, de escritor modalista, que más tarde escribió su más bella y más conmovedora obra teatral: Los justos, y quien consideró que si la vida es absurda, seria lo más absurdo no buscar la felicidad en ella. En la época de El malentendido, no sólo aún era partidario del suicidio, sino probablemente se preguntaba en en un universo sin sentido, la violencia nazi no era legitima. Y muchas veces me he preguntado a mí misma, leyendo a Caligula y a su reflejo femenino que es la Martha de El malentendido, si Camus, el escritor de la "Resistencia", en el fondo de su alma no se sentía fascinado por la "libertad" que un Hitler eligió como destino para matar en masa sin sentido del pecado, y si fuera esa fascinación que dió vida a Calígula y a su Malentendido.

Ahora esa obra, El malentendido subió al escenario del teatro Milán, bajo la dirección de Manuel Montoro, y escuchando las pláticas y las discusiones en la sala la noche del estreno, me di cuenta a qué punto el juvenil público universitario está lejos de las ideas existencialistas tanto de Sartre como de Camus. Pero es necesario subrayar que en el escenario los actores le dieron mucho más vida, más humanidad a sus personales que lo que tienen a la

lectura en el original, cuando son más bien símbolos dedicados a expresar las ideas del dramaturgo. En la ambientación del montaje ni un solo grito, ni un solo tono salió fuera del necesario dramatismo.

Lo primero que despertaba la admiración al abrirse el telón, era la escenografía de Guillermo Barclay, quien supo darle una profundidad y unas dimensiones que parecían imposibles en el pequeño foro del teatro Milán. Este hotel es un sitio perdido, sevolvía tan abstracto como el del país donde estaba situado. La escenografía creaba de inmediato una atmósfera de extrañeza.

La obra sólo tiene cinco personajes: la madre, la hija, el hijo, la esposa de éste y un misterioso servidor, que nos recuerda a idéntico personaje en A puerta cerrada de Sartre. Un servidor mudo, sordo y ciego ante todos los asesinatos, tan indiferente ante las desgracias como Dios. En el papel de la madre, Ana Ofelia Murguía hizo una estupenda creación que empezaba por la expresión del rostro: cansado, doloroso, y que sin llegar a ser viejo, parecía llevar en cada uno de sus rasgos, la vejez del mundo. La intérprete no alzaba la voz, la mantenía casi todo el tiempo a igual nivel, y no obstante, cuando su dolor adquiría una especial intensidad, le bastaba apenas abrir la boca para trasmitirlo al público, lo admirable en esta interpretación de Ana Ofelia Murguía fue que creó un personaje distinto a todas las demás figuras que le he visto. Como Martha, la hija, María Rojo, resultó muy justa, pero no lograba escapar a ese violento temperamento suyo, que le hemos visto en numerosos personajes. En cuanto al hijo, el joven actor Juan de la Loza -premio de revelación en Saco y Vanzetti- se mantuvo con toda discreción en la figura de un hombre que no suele descubrir sus sentimientos. La única que parecía fuera de ambiente fue Alicia Bonet, como la esposa del hijo.

En resumen una obra que hoy ya perdió la intensidad filosófica que tuvo hace 35 años en la época de su estreno, pero qué puede resultar interesante precisamente porque recuerda a un público demasiado. inclinado al olvido que Camus fue y sigue siendo un gran escritor.