diorama
teatral
por mara reyes
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La
tempestad. Teatro: Hidalgo. Autor: William Shakespeare. Traducción
de Guillermo Macpherson.
Dirección: José Solé. Coreografía:
Guillermina Peñaloza. Escenografía y vestuario: Julio Prieto. Música, Rocío Sanz,
grabada por la orquesta del Seguro Social, dirigida por Blas
Galindo. Reparto: José Gálvez,
Miguel Córcega, José Baviera, Tomás Bárcenas, Ricardo Fuentes, Patricia Morán,
Mercedes Pascual, Rosa Elena Durgel, etcétera.
El Seguro Social se unió al homenaje que se rinde mundialmente al genio de Stratford.
La obra seleccionada fue nada menos que La tempestad en la que el sentido de lo mágico domina sobre toda la acción. Mucho sería lo que podría decirse de la obra, de sus personajes -Ariel y Calibán han alcanzado dimensión de
símbolos universales-, pero por ahora me limitaré a hablar específicamente
de la representación que se ha realizado en el teatro Hidalgo y que no ha
sido todo lo halagadora que se esperaba.
Es increíble que conjugándose los
mismos elementos que en otras
escenificaciones del IMSS -José Solé,
Julio Prieto, José Gálvez en la
dirección, escenografía y actuación respectivamente- el resultado no se mantenga en el nivel que en aquéllas. La perenne incógnita del teatro vuelve a plantearse: ¿En qué consiste que una misma persona o un mismo
grupo de personas consigan el éxito artístico
en una obra y en otra no? ¿De qué depende ese éxito?
Se advierten los esfuerzos por
realizar un trabajo serio y
a la altura de las circunstancias -¿quién que emprende una tarea de la magnitud de
la que este conjunto ha emprendido no desea con toda su energía llegar a óptimas alturas?- no obstante, algo
falló en el contrapeso de los ingredientes y la balanza no mantuvo
su equilibrio.
Por una parte la escenografía en su afán de ser alucinante procuró a la escena una pesadez excesiva, esta falta de condición etérea suministró una
solidez al ambiente que impedía la afluencia de espiritualidad -en una isla
habitada por espíritus y genios,
diosas, monstruos y hadas, en la que
reinaban hechizos y encantamientos-; por la otra quiso Julio Prieto enriquecer
tanto la escena que su anhelo
imaginativo traspasó los límites de la
sencillez lo que dio por resultado que
la escena apareciera sobrecargada en extremo y poco
adecuada a la diafanidad de la Naturaleza.
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Dos lastres pesaron sobre José
Solé en su trabajo como director de escena: el ballet y la
ejecución de la música. El
primero estuvo a cargo de bailarinas de la Academia de la Danza Mexicana, pero más que ser
pecado de ellas lo fue de la
coreógrafa, Guillermina Peñaloza. Me parecía estar asistiendo a una fiesta escolar de fin de cursos con esos
bailes que aprendidos a lo largo de un año entero sólo consiguen
hacer sonreír benévolamente a las madres del alumnado. No era ese ballet lo que requería La tempestad de
Shakespeare. José Solé probablemente
no tuvo
más culpa en ello que la de no
haber rechazado tan pobre coreografía.
El segundo de los lastres a que me
refiero proviene de la pésima ejecución musical de que se sirvió el director para
su puesta en escena. Según se indica en el
programa, la música fue grabada por
la orquesta del Seguro Social bajo la dirección del maestro Blas Galindo,
lamentablemente ésta adoleció del mismo defecto de la coreografía: ser
demasiado escolar.
Los mismos actores no las tuvieron todas consigo, la forma de decir el verso fue en la mayoría de
ellos casi de principiantes. Gálvez se oía inseguro; Miguel Córcega en su afán
de transformar el diapasón de su voz para tomar
el de un ser monstruoso, perdió
claridad al punto de que párrafos enteros eran completamente ininteligibles; Mónica Serna proyectaba una agilidad
artificiosa y nunca llegó a ser volátil. Las diferencias marcadas entre los
estilos histriónicos tampoco favorecieron la
representación y es que resulta difícil conjuntar un grupo tan numeroso de actores que sea homogéneo.
Es de reconocerse el esfuerzo que
hicieron muchos de los actores, pero por desgracia el teatro es cruel y
no toma en cuenta las semillas, sino sólo los frutos.
El amor, representado por Miranda y
Fernando encontró tan superficiales intérpretes en Patricia Morán y
Antonio Carbajal que perdió toda su fuerza impulsora y su carácter simbólico de fe en la salvación del
hombre por medio de ese sentimiento.
Sería injusto negar que hubo momentos logrados, pero desgraciadamente
el teatro -todos lo sabemos-, no es un collar que hilvane piedras finas y
corrientes, sino un lago al que afluyen
muchos ríos, pero en el que las aguas se confunden
dejando de formar parte de ellos para volverse
una sola agua: un todo en el que ya no pueden discriminarse las partes.
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