diorama
teatral
por mara reyes
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De
repente en el verano (título
original Suddenly last summer). Teatro Orientación. Autor, Tennessee Williams. Traducción y dirección, Rafael López Miarnau. Escenografía, Antonio López Mancera. Vestuario, Gene Matuk. Reparto (grupo Teatro Club) Virginia Manzano,
Emma Teresa Armendáriz, Héctor Andremar, Celia Manzano, Felipe
Santander, Alicia Castro Leal y Bertha Grij.
Los
personajes de Tennesee Williams siempre serán dignos
de un estudio profundo. En sus obras no hay personajes de relleno, cada
uno tiene sus propias inclinaciones, sus personales puntos de vista,
sus características. Son caracteres, nunca siluetas. De repente en el verano no es una excepción. En esta obra Williams
toma como anécdota el momento crucial del choque entre dos personajes: la madre
de Sebastián y la prima de Sebastián. Aunque
Sebastián no llega jamás a aparecer, puesto que ha muerto un año antes de iniciarse la acción de la obra, es
precisamente ese personaje desaparecido el
eje de toda la acción; alrededor de
él se mueven todos los personajes; su sombra es la que configura el ambiente y la atmósfera de todo el conflicto entre la Sra. Venable y Catalina.
¿Qué es la demencia de Catalina sino una reacción por cierto muy lógica, ante una verdad demasiado violenta? y
¿qué es la violencia de la Sra. Venable, sino la reacción lógica ante una verdad
demasiado demente? ¿Quién podría tirar una línea entre la locura y la cordura que
hay en cada personaje?
Lo curioso de esta obra es que sin llegar a hacer visible a uno de los personajes -Sebastián-
el autor presenta con claridad
increíble la relación de aquél con el mundo exterior, su relación con su madre y su relación con la prima. El
amor nada filial de la madre por su hijo queda al descubierto, lo mismo que el homosexualismo de éste y su
fuerza destructora. Aunque el aspecto sicológico de la obra es el preponderante
-apareciendo en primer término con un destello enceguecedor-
el autor aprovecha también para pintar el
estado de cosas de una sociedad en la que una clase social privilegiada
puede comprarlo todo, inclusive la muerte de un ser humano. Cuando la Sra.
Venable pide al médico que haga una lobotomía a Catalina ofreciendo a ella a cambio
una “caritativa” subvención a su sanatorio, no está haciendo otra cosa que pagando por un crimen refinado, ya
que a fin de cuentas tal intervención quirúrgica
equivale a la muerte virtual de la “paciente”.
Mucho
se ha discutido la tendencia del autor por
presentar siempre en sus obras personajes
enfermos del espíritu, con trastornos síquicos o perversiones sexuales.
Mucho se ha discutido su “negatividad” pero ¿por qué llamar “negativo” e “inmoral” o
“exagerado” a un autor que consigue
la catarsis de una sociedad que sin dificultad
podría identificarse con esos personajes que son más reales que muchos de carne
y hueso? Llamemos entonces “negativo” al teatro griego; tachemos de “inmorales”
a Sófocles, a Shakespeare y a todos los dramaturgos
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que han retratado
sin piedad a la sociedad de su época. Revisemos las historias clínicas de los sanatorios para
enfermos mentales de Estados Unidos y entonces juzguemos si Tennessee Williams
ha cometido delito de “exageración” o de exceso de “imaginación”.
No era una tarea fácil para Rafael López
montar esta obra, especialmente si se toma
en cuenta que el público de México tuvo oportunidad de conocerla en
inglés cuando la presentó el New York Theatre y en traducción
al español a través de la extraordinaria versión cinematográfica
norteamericana. Tampoco era fácil para el escenógrafo (Antonio López Mancera, quien realizó un
magnífico cuadro ambiental) y tampoco
para los actores. Todos
tuvieron que enfrentarse a grandes problemas
de muy diversa índole, pero fundamentalmente de penetración en la concepción íntima que los
personajes tenían de la vida y del mundo.
Rafael López Miarnau además de mostrar con aguda perspicacia el
conflicto expuesto por el
autor, da al choque de ambas mujeres un aspecto polifacético
presentándola por un lado como el enfrentamiento entre la simulación y la verdad: por otro lado, como
la rivalidad entre dos hembras interesadas
en un mismo macho; por otro, como la
lucha entre dos clases sociales y también entre dos generaciones, de
ahí la terrible agresividad con que la Sra. Venable emprende su lucha ya que cuando se pierde la juventud es el ejercicio del poder el único substituto de ella. Así pues la visión que Rafael López muestra
del conflicto es entera, vigorosa y estrujante.
En cuanto a Emma Teresa Armendáriz, su
personificación de Catalina es muy probablemente la mejor
de su carrera artística. Hay en ella sinceridad y profundidad en la proyección
sicológica, pero sobre todo ese “algo” indefinible que un actor obtiene en contadas
ocasiones y que hace que el espectador quede atrapado en la maraña de deseos,
transformaciones dinámicas, explosiones o conceptos de un personaje.
Por su parte, Virginia Manzano desempeña su papel con un dominio absoluto. Aunque el estilo de actuación de ella y de Emma Teresa Armendáriz tienen sus
diferencias -ya que la primera es producto de un teatro más
tradicional y la segunda de uno con mayor impulso renovador- por tratarse en la
obra, precisamente, de un choque entre dos generaciones, esta diferencia viene
a apoyar e intensificar la opuesta idiosincrasia de los dos personajes. De tal
suerte que al estar Virginia Manzano a una gran tesitura, dentro de su escuela dramática y al estar
Emma Teresa dentro de su respectiva escuela, también al mismo nivel, el choque se advierte más compacto, más íntegro.
Felipe
Santander demostrando pericia escénica consigue ser todo lo enervante que la acción reclama de ese personaje superficial, ambicioso e indigno
que es Jorge, el primo pobre de Sebastián.
Héctor Andremar tiene a su cargo el papel menos brillante, no tiene oportunidad ni de grandes
escenas, ni de momentos culminantes, su personaje es simplemente el
catalizador, la substancia que lleva a las
otras substancias a reaccionar químicamente, permaneciendo ella, al
menos aparentemente, intacta. Sin embargo, este papel, precisamente por esa
circunstancia, por esa apariencia grisácea, es tanto o más difícil que otros papeles en
los cuales el actor puede desahogar toda su emoción y este actor, al que el público capitalino ha visto en tan variados papeles, siempre con
la misma propiedad, realiza su labor con sobriedad y excelencia. La resbaladiza escena del abrazo entre el
siquiatra y la paciente entrañaba grandes dificultades ya que.debe
quedar claro que tal abrazo es para el médico una forma de aceptar su papel
interino como substituto del objeto amado,
a través del cual obtiene la confianza de la
paciente: dicha escena supo conformarla
Héctor Andremar en forma inequívoca.
Una actriz que
ya demuestra un gran futuro es Alicia Castro Leal. Es ésta su segunda aparición en la escena -en la que
además supera, notablemente su intervención
de Los secuestrados de Altona- y ya deja adivinar sus enormes posibilidades. Su aplomo y seguridad hablan muy en favor de
sus facultades. Se advierte en ella disciplina y amor a su trabajo.
Celia Manzano
por su parte supo aprovechar al máximo sus intervenciones, las que
provocan en el público una especie de relajamiento después de la tensión que crea el resto de los personajes. Sobria y discreta Bertha Grij en un papel de menores responsabilidades.
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