diorama teatral
por mara reyes
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Extraño interludio.
Teatro Granero. Autor: Eugene O'Neill.
Versión para teatro círculo y dirección:
Xavier Rojas. Escenografía: Armando Gómez de Alba. Reparto: Augusto Benedico,
Carmen Montejo, Carlos Monden, Ángel Merino, Carlos
Bracho, Aurora Moral, Gloria García, Alfonso Torres y Rodolfo Magaña.
Cuando O'Neill escribió esta obra
corría el año 1928. La escena
norteamericana había recibido con diferentes grados de entusiasmo
sus obras anteriores, desde sus primeras
piezas en un acto, hasta sus grandes dramas, como El
deseo bajo los olmos y Anna
Christie, pero todavía distaba de llegar a obtener el Premio Nobel
(1936). El teatro Guild acababa de estrenarle Marco
Polo (Marco Millions)
con una gran producción en la que no
se escatimó
el dinero (misma obra que en
México sirviera para inaugurar el Teatro Xola del IMSS, también con gran
alarde de producción).
Esta
obra, Extraño interludio, que es ante
todo un drama sobre la culpa, fue recibida
por el público con cierta extrañeza, ya que su duración era poco
común, pues a semejanza de los espectáculos orientales comenzaba la representación
a las 5:30 de la tarde y al anochecer se hacía un
largo intermedio para dar
tiempo a que el público cenara antes de proseguir
nuevamente la representación. A pesar de esto
el éxito fue completo y la obra se mantuvo en el Teatro Guild, de
Broadway durante diecisiete meses.
Se
ha dicho que O'Neill ensayó con esta obra el género novelístico, aunque dándole forma
teatral, pues los personajes, más que sostener diálogos entre sí, exponen sus pensamientos,
sus ideas, las razones y sinrazones de
su conducta en monólogos
extremadamente prolongados que son
escuchados por el público, pero no por
los otros personajes. En estos largos parlamentos, dichos “aparte” desnudan
a cada uno de ellos, dejando libre a su verdadero “yo”.
Xavier
Rojas, previendo que la obra, de ser puesta tal como
fue escrita por su autor, podría resultar cansada debido a esa
exposición demasiado extensa de ideas privadas de acción, decidió cortar
casi todos los “apartes” y dejar que la anécdota escueta hablara por sí misma. De esta manera consiguió reducir la
obra a su mínima expresión, aunque con ello,
además de reducir su tamaño restringió en la misma proporción la profundidad sicológica de los personajes, resultando un melodrama que no llega
a provocar siquiera el interés por los caracteres que
presenta el autor. Las teorías freudianas sobre el tan
traído y llevado “complejo de Edipo”
rondan por la obra, señalan
pautas, puntos de partida y metas confusas. Aunque es perfectamente comprensible
el afán
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de Xavier
Rojas por “aligerar” la obra, ésta quedó mutilada y privada de lo esencial, ya que más que la acción, era la
actitud de los personajes frente a los
hechos y su devenir lo que más
importaba de la pieza.
En cuanto a su labor como director, Xavier Rojas no realiza nada nuevo. Los recursos de que se
vale son los mismos de siempre, ya de
sobra conocidos. Por otra parte, la
música que seleccionó para ser escuchada durante los “oscuros” (que aunque parezca
cosa secundaria, no lo es) resulta muy inapropiada. El que la
anécdota se desarrolle en una pequeña población universitaria de los Estados Unidos no obliga a servirse
del jazz, si este género musical no
responde a una situación que lo
requiera.
Sorprendente,
si cabe la palabra después de haberle visto actuaciones extraordinarias, es el trabajo que realiza Augusto Benedico. Cuando se
interpreta un papel no se trata
únicamente de hacer un estudio
exhaustivo de la sicología del personaje, de sus
hábitos, de sus costumbres,
manías, vicios y virtudes, sino que se
debe asimilar en tal forma todo aquello que
configura al personaje, que esas cualidades y defectos broten del
actor en forma tal que el espectador sienta que son producto de ese ser de carne y hueso que tiene delante y
no de un “estudio de laboratorio”.
No es la imitación lo que debe buscar el actor,
sino la identificación, pero muy pocos son los actores que obtienen
dicha identificación con un personaje. Más aún, lo logran con uno y muchas
veces con otro no lo consiguen.
Augusto Benedico consiguió plenamente la interpretación
de su personaje, logró la identificación y proyectó en cada gesto, en cada
actitud, en cada mínimo detalle, la sicología, el carácter, tan difícil de describir, de
Charlie. No pretendo decir que Carmen Montejo, Carlos Monden y Ángel Merino no realicen una actuación correcta -cada uno en sus papeles respectivos- sólo que en ellos su interpretación proviene de lo que antes llamara “imitación”; en cambio, el
trabajo de Augusto Benedico es verdaderamente notable.
Carmen Montejo, que ha demostrado
ser una actriz eminente en otras
obras, quizá no pudo llegar a identificarse
con su personaje, por lo que “su naturalidad resulta un tanto artificial”. Carlos Monden, con su dicción un tanto “correosa”, logra, no obstante, momentos de gran expresividad. Ángel Merino, correcto. De los otros personajes, incidentales todos ellos, el que se coloca en un mejor plano es Carlos Bracho.
Armando Gómez de Alba pudo resolver con eficacia los problemas escenográficos, especialmente en
el cuadro del barco. El vestuario, en cambio, es como un documental del mal gusto... en pantalla panorámica.
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