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Doña Diabla, de Luis Fernández Ardavín, en el teatro Principal

Armando de Maria y Campos

    Luis Fernández Ardavín disfrutó en su tiempo de sólido prestigio que arrancó del estreno, precisamente en México, de La dama del armiño, estrenada por María Guerrero en el Teatro Arbeu. Yo tuve la satisfacción de firmar, con otros escritores mexicanos de aquella época, un cable de felicitación al autor por el éxito de esta obra. Fernández Ardavín se hizo autor de la casa Díaz de Mendoza-Guerrero y escribió para la ilustre actriz obras a la medida, que en seguida estrenaba en México -último éxito de Madrid- nuestra ilustre actriz Virginia Fábregas. Una de estas fue Doña Diabla, sexta en la producción de Fernández Ardavín, que se tuvo por muy audaz en aquella época. No lo fue tanto y aún se le reprochó al autor hablar de memoria de los "paraísos artificiales" que por su educación y costumbres madrileñas no podía conocer.
    Doña Diabla, es un melodrama que denuncia a un autor de oficio y con oficio. La acción está situada más o menos antes de la primera guerra, y exhibe tipos convencionales de la sociedad madrileña, menos el de doña Angelita, que es Doña Diabla, componedora de amoríos pasajeros y protectora de los "paraísos artificiales". Tiene una hija que está a punto de caer en el vicio; para evitarlo, mata a "un cliente" de la casa. Dramón de escenografía y cartón. La vi esta obra a María Guerrero interpretada con

gran dignidad; nuestra Virginia le dió una prestancia y un doble fondo que le permitieron hacer de este ya envejecido dramón de Fernández Ardavín una de sus obras de repertorio. Recuerdo que con motivo de su estreno tuvo un mediano éxito su nuera Fanny Schiller. Ahora se ha repuesto para rendirle un homenaje a doña Virginia con motivo de celebrar los primeros noventa y cinco años de su nacimiento. Pudo haberse elegido otra obra de su repertorio más sólida y trascendental. Pero en gustos se rompen géneros, y es lástima, porque Doña Diabla, pertenece a un género añejo, pasado, concluido y que en justicia merece ser guardado.
    Para interpretarla, ahora, se formó un reparto discutible. Ofelia Guilmain no entendió el personaje. Casi no lo tocó; lo recitó sin convicción ni hondura. Se salió del marco costumbrista, acentuadamente, típico en su escenografía, peinándolo a la moda de estos días. Ese "chongo" que luce con donaire no lo soñaron las doñas diablas madrileñas de la juventud de Alfonso XIII. Eva Calvo y Blanca Sánchez cumplen, lo mismo que Luis Bayardo, Lorenzo de Rodas viste con propiedad el personaje y lo actúa con agudo cinismo. La escenografía de David Antón más que barroca, "epatante", como se decía antes de la primera guerra.