|
Enrique Rambal continúa la tradición de su padre creando grandes espectáculos, apoyándose en la espectacularidad de preferencia, con dinamismo escénico, con la gracia y sentido teatral moderno, que es lo que lo pone en su tiempo, como su padre estuvo siempre en el suyo. Este Rambal medita mucho el texto elegido, pero una vez seleccionado, lo hace suyo en el sentido de recrearlo, acumulándole trucos y efectos teatrales, como su padre en su época. El mejor efecto teatral, que no truco, de Enrique hijo, es su esposa Lucy Gallardo a la que él, Pigmalión rambalesco, ha hecho de ella la galatea que necesita para sus escenificaciones. No se concibe a Rambal sin Lucy, y me atrevo a pensar que Lucy sería otra actriz muy distinta si el azar la llevara a ser dirigida por distintos directores. El prologuillo que casi se lleva a la mitad del espacio dedicado al comentario es indispensable a propósito de la interpretación y la postura escénica, opulenta en matices y trucos rambalescos, de la pieza de Howard Lindsay y Russel Crouse, en tres actos, Los grandes Sebastiani, traducida correctamente por José L. Ibañez, que resultaría una baratija teatral sin la dirección ingeniosa y graciosa de Rambal. La resuelve entretenidísima, hasta en su segundo acto, notorialmente inferior al primero, al grado que parecen dos comedias
|
que parecen dos comedias distintas que se representan con un intermedio de quince minutos. |