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Podría compararse la dirección de una obra de teatro con la educación de un niño, de un joven. El maestro o catedrático puede hacer de estos grandes ciudadanos u hombres común y corriente. El director de escena hace de la obra que dirige un espectáculo, una farsa, le cambia ritmo, le da valor con la intervención de la iluminotecnia y la escenografía; mueve y construye a su gusto y antojo a los actores, y a veces la mejora, o en ocasiones los deja hechos trizas. En esto nada tiene que ver el actor. De ahí que muchas veces al público no le importe el autor. |
De distinta sensibilidad y ambición artística a la de Aceves, Rafael Banquells ha dirigido esta obra ateniéndose a los gustos y corrientes artísticas de estos días y teniendo la obligación de habitar un escenario tan inmenso como el del Insurgentes, superior a la calidad de la pieza que es mitad farsa y mitad cuento de hadas. No le reprochamos nada al señor Banquells. Está bien lo que ha hecho. De distinta sensibilidad a la que Aceves permite que sus actores obren por cuenta propia en muchas ocasiones. El principal de ellos Mauricio Garcés empeñado en hacer reír al público cada vez que abre la boca o mueve una mano. Nos parece mucha bufonería, no obstante la aprobación del público. Más ceñidos están Miguel Suárez y Carlos Nieto. A Héctor Suárez casi no se le ve. Miguel Maciá y Horacio Salinas se ajustan a sus personajes. La encantadora Irma Lozano es una figulina de cuento de hadas. Habla muy bien y actúa con encanto. ¿Qué puede hacer una actriz como Pilar Sen con un personaje como el que le tocó en desgracia? Estar discreta. El público rió y aplaudió bastante.
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